Comparte esta nota con tus amigos | La Señal (ciencia y misterios)
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Queda claro, todo el mundo piensa en ir a Marte por estos días. Y el plan, está bien. Un cohete con personas. Una base en la luna. Luego más cohetes y más personas. Producir combustible en la superficie, tal vez depositarlo en el camino. Un puesto avanzado se convierte en una base, que se convierte en una ciudad abovedada. Y luego: terraformación.

Devolver la vida a un Marte muerto, construir una nueva atmósfera con lo que queda en su suelo (dióxido de carbono congelado), lo más probable, para aumentar la presión atmosférica, confiar en el calentamiento del efecto invernadero (como el que genera el cambio climático). Todo esto para calentar en el lugar suficiente hielo para que se derrita y regrese en forma de: ¡océanos!

¡Aire! Tal vez sea respirable, pero no lo suficiente para que puedas caminar sin un traje espacial. Seguimos con el problema de la gravedad, pero podemos ponernos en movimiento en la Revolución de las Colonias que toda la ciencia ficción continúa prometiendo.

No son tonterías. El astrónomo Carl Sagan, un símbolo de la rectitud científica, lanzó la idea de  “ingeniería planetaria” en 1971, derritiendo el vapor de agua del hielo polar de Marte para crear “condiciones mucho más clementes”. Veinte años después, el astrobiólogo Christopher McKay redondeó la idea, sugiriendo que la terraformación de Marte era posible siempre y cuando el planeta aún tuviese suficiente dióxido de carbono, agua y nitrógeno para hacerlo volátil y bombearlo en la atmósfera.

Pero un par de científicos que estudian Marte están tratando de reventar esa burbuja sellada herméticamente, recirculante de oxígeno y radiación. El problema es que, si un nuevo análisis es correcto, las condiciones en Marte hacen que sea imposible para la tecnología existente convertirlo en un jardín de delicias similares a la Tierra.

“Pudimos armar por primera vez un inventario razonablemente limpio del CO2 de Marte”, dice Bruce Jakosky, un científico planetario de la Universidad de Colorado y coautor, con Christopher Edwards, de la Universidad del Norte de Arizona, del nuevo documento.

“La mayor parte se ha perdido en el espacio, una pequeña cantidad ha quedado en el hielo polar y minerales poco profundos que contienen carbono, y una cantidad desconocida en los carbonatos profundos”. Hay que contar con el CO2 adheridos a las rocas, “adsorbido” en sus superficies, y un poco más encerrado en jaulas de moléculas de agua llamadas clatratos; pero esto no ayuda. “Incluso si lo vuelves a poner en la atmósfera, no es suficiente para calentar el planeta”, dice Jakosky.

Es cierto que Marte sigue lleno de sorpresas, como lo demuestra el anuncio de la semana pasada de un lago de agua líquida y salobre bajo los polos. Así que estos números recién crujidos no empañan los espíritus de los verdaderos jinetes de Marte. Robert Zubrin, presidente de la Mars Society y autor de The Case for Mars, dice que los números de Jakosky son “sistemáticamente pesimistas”. Zubrin no necesita una barra completa. Solo dale 300 milibares. Es como la presión del Monte Everest. “Doscientos milibares significa que no hay trajes espaciales. Significa que puedes crear recintos abovedados donde la presión en el interior es igual a la presión en el exterior “, dice Zubrin.

Zubrin y McKay también señalan que extender los límites de la hipótesis solo pinta un cuadro mucho más optimista para el planeta rojo. Los gases de efecto invernadero artificiales, tal vez los clorofluorocarbonos elaborados a partir del abundante cloro en el regolito marciano, o algo aún más exótico y de funcionamiento más rápido, un “súper gas de efecto invernadero”, podrían hacer el trabajo. Si alguien supiera cómo hacerlos y liberarlos, pero habría que asegurarse de que no destruyan la poca capa de ozono existente, de modo que la radiación ultravioleta no se una a la radiación cósmica que bombardea el planeta sin magnetosfera.

¿Explorar? Por supuesto. ¿Base científica permanente? Absolutamente. ¿Pero las ciudades? ¿Océanos? ¿Canales? Puede que tome más tiempo del pensado y más ingenio; pero es posible. Con eso alcanza para soñar, y los sueños nos trajeron hasta aquí.

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