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El Sol y la Luna ejercieron una inevitable fascinación sobre el hombre dejó de ser mono, y tal vez un poco antes también, el astro diurno como dador de luz, calor y vida, y el nocturno, varias veces como  símbolo del poder femenino, vigilante de la noche y regente de las estrellas. Igual que hizo con tantas otras cosas que no pudo explicar, el ser humano los consideró divinidades, o se las asignó, porque no imaginaba que se podían mover sin ayuda, o menos todavía, que era el mismo piso el que giraba.

Diosa Lunar Inanna

Como siguiendo el paso de estos cuerpos celestes, deidades solares y lunares tenemos alrededor del mundo. En la región mesopotámica, el dios Sin, representado como un anciano montado en un toro alado, era el dios de la luna y asuntos relacionados, padre de la diosa Innana, más tarde diosa del mismo ramo, y de Shamash, dios del sol. El hecho de que lo de los astros principales quedara en familia quizás se deba a la existencia de la astronomía, o al menos de la astrología en desarrollo por aquellas tierras, aunque mitos de otros países también los muestra como parientes sin que haya habido muchos astrónomos que digamos. Por ejemplo, la mitología griega primero contaba con Selene, una primigenia diosa lunar hija de los titanes Hiperion (Titan considerado como un primer aunque particular “dios” del Sol y demás aparatos por ser el primero que se interesó en ellos) y Tea (también titan, aunque hembra, considerada madre de los cuerpos celestes, lo cual explicaría el interés de Hiperion en estos), y era hermana de Helios, dios del sol. Más tarde, Selene fue cambiada por Artemisa, también diosa de la caza, y considerada más bien hija de Zeus y de Palas, titán de la sabiduría. Helios, por su parte, a su debido tiempo fue identificado con Apolo, dios de la luz, de la lira, y casi director del coro de las nueve Musas. (Está visto que a los antiguos se les daba de manera espectacular por cambiar nombres, genealogías e identificaciones divinas, lo que haría suponer que en la vida real no se tomarían esas historias demasiado en serio. No lo hacían de un día para otro, pero de un siglo a otro, tratándose de supuestos jefes supremos, también suena un poquito apurado.) Volviendo a lo nuestro. El dios solar egipcio por excelencia era Ra, aunque también tuvo sus cambios. Al principio solo era un dios menor entre tantos otros, y fue escalando posiciones hasta convertirse en el dios oficial y supuesto antecesor directo de los faraones, pero con el tiempo fue fusionado con otras divinidades a gusto y placer por motivos religiosos y políticos. Fue así que lo cosieron al dios Amon, patrono de Tebas, que era muy popular, y de allí salió Amon-Ra. En otro momento histórico, Ra se convirtió en Atum-Ra, porque Atum también era un dios vinculado estrechamente con el Astro Rey. Para variar, las deidades que se identificaban con la luna eran masculinas, y eran Thot, el dios de la sabiduría y la magia, y Jhonsu cuyo nombre significa “cruzar el cielo”, cuyo padre era, justamente, Amon.

Saltando hacia el continente americano, se ve que la gente seguía insistiendo con el parentesco entre el Sol y la Luna. Los incas tenían a Mama Quilla, diosa lunar en exclusiva y madre del firmamento, con las mujeres como fieles seguidoras, porque la diosa comprendía perfectamente sus deseos y miedos, y las cuidaba como a hijas predilectas. Tenía el mismo rango divino que Inti, el dios Sol, aunque este era la divinidad más importante, al cual se le ofrendaban piezas de oro, plata, animales, y las llamadas “vírgenes del sol”. Estos dioses eran hermanos y esposos, circunstancia que imitaron los primeros gobernantes Incas, quizás ante la pereza de salir de casa para conseguir esposa.

Un poco más abajo, los mapuches, pueblo residente en varios países de Sudamérica, creían en que una vez, Antu, el dios sol, quiso una esposa, y eligió a Kuyén, uno de los wangulen (significa estrella), espíritus benignos femeninos, que brillaban de manera muy fuerte en el cielo. Aunque en el momento aceptaron la decisión del rey jefe, las demás wangulen, envidiosas de la suerte de Kuyén, empezaron a murmurar criticonamente, cual viejas chismosas, y, apoyadas (y empuadas) por varios dioses que estaban envidiosos del poder de Antu, entablaron una guerra contra el flamante matrimonio. Finalmente Antu ganó, aprisionó bajo montañas a los dioses rebeldes, e iba a hacer lo mismo con las wangulen, pero ellas se pusieron a llorar y a pedir clemencia de tal manera, que Antu se compadeció y solamente les disminuyó el brillo, de manera que Kuyén (que significa, justamente, luna) es la que quedó brillando más que las otras. Se dice que las wangulen siguen llorando cuando ven como brilla la esposa del jefe, porque anhelan tener el mismo resplandor que ella, pero Antu las deja como están para que lloren, no de sádico ni porque sea su castigo, sino porque esas lagrimas fertilizan la tierra y generan vida. En la mitología Maya, varían un poco, porque el sol y la luna, aunque son hermanos, no son esposos ni los jefes de la creación o lo que sea; simplemente son dos hermanos gemelos, Hunahpú e Ixbalanque, que decidieron vengar la muerte de su padre y tío –en ese orden-, causada por los señores del Xibalbá, el mundo de los muertos, que estaban medio cansados de que los hermanos jugaran al juego de la pelota en terreno sagrado, precisamente sobre el Xibalbá. Luego de que lograron vencerlos, los hermanos se convirtieron en dioses, Hunahpú en la Luna, e Ixbalanque en el Sol.

Los dioses lunar y solar Hunahpú e Ixbalanque

La cosa es que por alguna razón u otra, los humanos nunca han dejado en paz a sus dos estrellas principales, desde el jefe israelita Gedeon paralizando el Sol hasta que la  batalla terminase (haciendo que la otra mitad del planeta recibiera más frío de lo normal) o los enamorados bajándose la Luna a cada rato, provocando inundaciones y terremotos.

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