Comparte esta nota con tus amigos | La Señal (ciencia y misterios)
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La llegada de civilizaciones extraterrestres, como turistas, científicos o invasores, es parte de nuestros más profundos sueños como civilización, desde mucho antes que 1947. En esta serie de notas (con sus respectivos videos) analizaremos algunos de los puntos sobresalientes de la «cultura extraterrestre», que habla más de nosotros que de seres llegando del cosmos.

Si comenzamos por las bases, la visita de civilizaciones extraterrestres significa muchas cosas, pero sobre todo pasarse unos cuantos semáforos en rojo. El problema principal reside en las posibilidades de que la vida (como la conocemos) se haya desarrollado en otro planeta y que (por carambola universal), los procesos evolutivos hayan sido amables. Lo suficiente como para encarar el experimento de animales forjando una civilización que, además, tienda a separarse de su entorno natural. Esto es, salir al espacio en busca de algo más.

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Claro, en este punto yo también pienso en la friolera cuenta de planetas rocosos y probablemente aptos para la vida (como la conocemos, repito). Es muy lógico imaginar que allí fuera existen no una, sino miles o millones de civilizaciones. Pero deberían cumplir con algunos requisitos para calificar como posibles visitantes de nuestro patio trasero:

  • Sobrevivirse: esto es, lisa y llanamente, superar el instinto de autodestrucción que suponemos (por experiencia propia), deberían tener.
  • Alcanzar las estrellas: tras ese período en el que muchas civilizaciones podrían autoaniquilarse, tendríamos que aceptar que, además, decidieron salir de su sistema planetario. Algo que, con un nivel tecnológico como el que poseemos, es un delirio absoluto.
  • Motivaciones: una vez solucionado el problema del viaje espacial (y, porqué no, espacio-temporal), estos extraterrestres tendrían que sentirse atraídos por la idea de conocer e interactuar con los terráqueos. Unos tipos violentos, primitivos y que hasta hace poco tiempo, tiraban sus heces a la vereda (y eso por ser benévolo, porque muchos lo siguen haciendo).

¡Oh, Fermi!

Vamos a suponer que todo lo anterior se ha cumplido, que estas civilizaciones han llegado a nuestro planeta y han mantenido contactos entre escuetos y clandestinos con personas de todo tipo, alrededor del mundo. Un punto clave es que deberíamos ser capaces de detectar la actividad «social galáctica» ya no solo en nuestro planeta, sino en el mismo espacio. Y sin embargo, esto no sucede.

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Esa es la base de la Paradoja de Fermi: La creencia común de que el Universo posee numerosas civilizaciones avanzadas tecnológicamente, combinada con nuestras observaciones que sugieren todo lo contrario.

O no somos capaces de verlos, o no están allí.

Incluso si estas civilizaciones hubiesen decidido visitarnos en secreto, deberíamos ser capaces de encontrar rastros de sus actividades cotidianas. Sin embargo, más allá de la señal WOW y una sospechosa lectura de una estrella que podría sugerir una esfera de Dyson… bueno, no hay mucho más.

Y quiero recordarle que hay mucha gente mirando al espacio todo el tiempo, no sólo se trata de las superpotencias. Miles de astrónomos independientes y/o aficionados, repasan el cielo cada noche esperando encontrar algo interesante. No existe conspiración de silencio posible, a no ser que la única manera de detectar a los extraterrestres incluya tecnologías que muy pocos tienen a la mano. Es una posibilidad que voy a dejar abierta, porque es real (tanto la idea de esas tecnologías, como que los gobiernos nunca son transparentes).

Ahora, supongamos que los extraterrestres vienen a visitarnos, que son buenos disfrazando sus huellas espaciales (o que los gobiernos también nos mienten con eso) y que es verdad que, cada tanto, se dan una vuelta para ver cómo estamos.

Aún así queda el enorme reto del viaje al espacio profundo. Mire señor lector, es muy difícil pensar en las distancias dentro del Sistema Solar, más en la heliósfera que lo rodea. Por lo que se hace completamente imposible razonar, de verdad, lo que significaría un viaje hacia algún punto en el espacio, con un tiempo estimado de llegada de… 100, 200, 1500 años.

Para esto se han propuesto dos soluciones: naves espaciales generacionales o sistemas desconocidos de transporte. En lo personal adhiero a la segunda idea y descarto los viajes a la velocidad de la luz. Nuestra galaxia es enorme, tanto que necesitaríamos 52.850 años para ir de punta a punta, viajando a 300 mil kilómetros por segundo. Incluso cuadruplicando estas velocidades, un extraterrestre (o usted) necesitaría vivir más de 13 mil años para soportar el viaje de ida. No pensemos en la vuelta.

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Así y todo, debo destacar una mirada positiva, considero que en las decenas de miles de millones de años que tiene nuestro universo, deben haberse generado civilizaciones capaces de romper todas estas barreras y desplazarse a gusto. Por lo que podríamos ser visitados, cada tanto tiempo, por algunas civilizaciones realmente avanzadas que, en rigor, serían indetectables; lo que resolvería una parte del problema (pero no todo, porque las intermedias deberíamos detectarlas).

El punto de todo este barullo que intento resumir al máximo, es que para contar con la cantidad de visitas adjudicadas a extraterrestres, deberíamos estar rodeados de civilizaciones de un nivel de desarrollo descollante. Es más, tendría que ser un hervidero de alienígenas pasando de un lado para el otro. Porque la realidad también dicta que la gente «algo ve» y con «algo interactúa».

Japoneses extraterrestres

Gaijin en la palabra que se utiliza en Japón para identificar a los extranjeros (y más específicamente a los caucásicos, o arquetipo occidental para ellos). Existe un buen debate acerca de si se trata de una expresión racista o no; pero lo cierto es que el significado básico ronda en que toda persona no japonesa es poco menos que extraterrestre.

Algunos toman este palabra como sinónimo de extranjero, pero el modo correcto de decirlo sería Gaikokujin, por lo que la confusión pasa por comprender si Gaijin es una abreviación de Gaikokujin o si se trata de una construcción ideomática en torno al arquetipo japonés del ciudadano occidental.

Fuera de la ensalada que se forma al intentar comprender una cultura tan diferente como la japonesa, salta a la vista lo obvio. No están tan equivocados al pensar que los verdaderos extraños somos nosotros, todos nosotros (gracias Juan Acevedo Peinado).

En la próxima entrega seguiremos desarmando el mito extraterrestre para tratar de comprender cuánto hay de esperanzas, cuánto de realidades y cuánto de verdaderos misterios. Mientras tanto, vean el video que completa esta humilde nota, la primera de 2020.