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En la primera entrega de Cultura Extraterrestre hablamos sobre la paradoja de Fermi. Esta propone una pregunta básica, pero que sigue siendo interesante: ¿Entonces, dónde están? Y me refiero a los extraterrestres con naves espaciales de chapa y tornillo que, en supuesto, nos visitan hace cientos, sino miles de años.

A partir de aquí tendremos que manejarnos con la mayor claridad posible, porque las preguntas son archiconocidas, pero no significan lo mismo para todos nosotros: ¿Puede ser que una civilización extraterrestre llegue a nuestro planeta de visita, para investigar o intervenir? ¿De qué hablan las escalerillas, los exámenes médicos, los OVNIs de metal y tornillos? ¿Hay algo más, o es solo gente (como usted y como yo) que llega desde otro planeta para investigar en nombre de ciencias desconocidas?

Para responder estas preguntas deberíamos tener delante un extraterrestre, tendría que hablar nuestro idioma y comprender nuestra cultura y, con suerte y viento a favor, podríamos comprender(nos) lo suficiente como para sacar algo en claro. Pero la realidad dicta que, a falta de alienígenas para interrogar, tenemos que mirarnos a nosotros mismos. Porque la base de la «Cultura Extraterrestre» se da en una creencia de sus creadores; los seres humanos del planeta Tierra.

Toda creencia viene de una manera de pensar que se perpetúa por tener ventajas frente a otras. Esto es lo que Richard Dawkins llamó «Memes», mucho antes de las imágenes cómicas que compartimos en las redes sociales.

Richard Dawkins,etólogo, zoólogo, biólogo evolutivo.

Un meme es una idea que ha tomado tracción y sustancia, que se replica y resulta fácil de comprender, prevaleciendo por sobre otras. ¿Es esto prueba de que sea la mejor idea o el pensamiento más acertado? No, no necesariamente. Un meme puede ser la idea de que algunas razas son mejores que otras o que, incluso, ciertos grupos étnicos tienen el derecho de decidir si otro vive o desaparece. Si esta idea hecha raíces (por distintos factores), puede llevar a una sociedad sana a convertirse en artífice de una matanza racista, religiosa e incluso económica. Porque, si somos «mejores», si nuestros juicios de valor son infalibles… ¿qué nos limita de hacer lo que queramos con el resto?

En un sentido mucho menos peligroso, pero igual de profundo, ha calado la idea de que casi todo lo que no comprendemos merece ser encasillado como «extraterrestre». El OVNI extraterrestre es un meme, y tenemos que comprender por qué, y para qué.

El meme extraterrestre

El meme volador (o no)

Me gusta cuando los investigadores de OVNIs se encuentran frente a un caso en el que se describen criaturas de ensueño (o pesadilla), sin la presencia de un platillo volador o (al menos) luces en la zona. No dudan en catalogar estos encuentros como «Eventos No Asociables».

Si el testigo no incluye algo relacionable con una nave espacial, automáticamente se cataloga todo como un evento que bien puede ser extraterrestre, la aparición del espíritu de un familiar, un duende o una buena alucinación. El investigador, por ende, no sabe bien qué hacer con esto (aunque recopile el relato y lo archive).

En definitiva, el evento no incluye todos los detalles necesarios para ser considerado un meme. Si lo extrapolamos a las imágenes que circulan por la web (esas que también llamamos memes y que suelen ser chistosas), sería lo mismo que presentar tres cuartos de los ingredientes necesarios para que la broma funcione.

Es muy probable que alguna vez le hayan mal contado un chiste, sabe a qué me refiero.

Ahora, esta suerte de baúl galáctico de bromas interplanetarias adolece de su misma concepción. Se piensa que los OVNIs y sus tripulantes son extraterrestres porque en algún momento esa idea funcionó lo suficientemente bien entre las masas como para generar un meme casi indeleble.

Es más. Se ha fortalecido tanto la idea que roza con lo religioso. Y es que justamente, las religiones están llenas de memes. Y mire usted que casualidad, que todas las religiones rebozan de historias que incluyen eventos que, de haber sido vividos por testigos contemporáneos, habrían sido interpretados como el accionar de extraterrestres.

Otro ámbito lleno de memes son las religiones.

Entonces Cristo se convierte en un bonachón pleyadiano, sus enemigos en lagartos interestelares ansiosos por mantener el poder sobre esclavos humanos, y las luces parlanchinas entre los arbustos, en abducciones o encuentros del tercer tipo.

Pero claro, debo destacar dos puntos:

  • ¿Es esto malo? ¡Claro que no! Es lo que es.
  • ¿Significa que no existe el fenómeno? ¡Claro que no! Pero tampoco significa que los memes sean correctos y que los antiguos hayan caminado con dioses y nosotros con grises.

¡Pero miralo al pibe! ¡Es un fenómeno!

Como dije muchas veces, si vamos a adentrarnos en los significados de todo esto, es menester eliminar las etiquetas. También, es necesario comprender la importancia de los memes y cómo estos nos ofrecen ideas que tienen la aprobación popular, aunque no sean acertadas.

Tampoco se sienta mal. Está en nuestra naturaleza movernos con la manada. Forma parte del instinto de supervivencia. Usted, como un antílope, deseará correr para el mismo lado que sus congéneres, si es que los ve corriendo a los gritos y el instinto presume que escapan de algo.

En el mismo sentido, es un mecanismo natural esto de adoptar las ideas que tengan el consenso general, así sea que sospechemos que no tienen porqué estar en lo correcto.

Ahora, es momento de que dejemos de correr. Primero porque, al menos yo, tengo sed y me duele la espalda. Segundo, porque no sabemos si lo que viene detrás es un león o un ratón; o un extraterrestre.

De lo que podemos estar seguros es que se trata de un fenómeno. Lisa y llanamente, un fenómeno.

Esta interesante palabra viene del Latín phaenomenon y del griegophainómena. Nace de la astronomía y luego se hace carne con la filosofía. Dos de las significancias que más me gustan son: «cosas que aparecen» (en el cielo), y «lo que se deja ver». Y sí. Aplicamos esta palabra a cosas que se dejan ver, de tanto en tanto, y que son extrañas, increíbles, que parecen salidas de una realidad alterna y que, por supuesto, muchas veces se ven en el cielo.

Sin embargo, cuando hablo del fenómeno, no me refiero a OVNIs y/o extraterrestres. No de forma directa. Los OVNIs son parte de la fenomenología, las entidades con las que interactúan los testigos también son parte de la fenomenología y, si vamos un poco más allá, es probable que sean parte de algo mucho más amplio, a lo que podríamos llamar «El Fenómeno».

El punto es comprender que una luz en el cielo, un plato volador y hasta un pequeño ser de orejas largas con lunares color rosa son parte de una fenomenología que se mantiene dentro de un fenómeno madre (o padre, como quiera). La naturaleza del Fenómeno es parte de un trabajo que estamos terminando con Juan Acevedo Peinado y que será publicado en breve, por eso no lo incluyo. Además de que no es el punto central de esta pequeña reflexión.

Sin embargo, debo destacar que el núcleo generador de la fenomenología a la que me refiero (y que muchos tachan de extraterrestre) es local. Terrestre y en buena parte humana.

La teoría de la Distorsión de José Antonio Caravaca da una visual excelente al respecto. En ella, mi amigo destaca ese instante (o espacio) fronterizo que se genera en el momento en que un experimentador (porque sí, estamos hablando de nosotros mismos) entra en comunión. Y digo comunión y no contacto, porque el contacto parece ser constante. Sin embargo, la comunión sería la que termina de conectar los puntos.

Pongámoslo así. Usted puede tener contacto con muchas personas en el día, usted puede estar en contacto, todo el día. Pero es difícil que conecte con una persona en particular, con alguien que comparta algunos puntos de vista. Es en esos extraños momentos en los que sucede, que nos enfrentamos a una comunión.

Suponiendo que estamos en contacto con el fenómeno todo el tiempo, es interesante notar que solo a veces logramos la comunión. En algunas de esas ocasiones, y dependiendo del testigo, ese evento (de profundo intercambio inteligente) incluye una suerte de escena salida del propio subconsciente y, en nuestra sociedad posmoderna, es probable que los «extraterrestres» sean la mejor manera de darle sentido.

Quizás, lo mejor sería dejar que la información llegue sin filtros, como viene. Tal vez así podríamos ver con total claridad a lo que nos enfrentamos. Pero necesitamos relacionar ideas, buscar de entre los memes que nos hemos aprendido y dar sentido a lo que experimentamos. Está impreso en usted y en mí, así es como funcionamos. Es el origen de la pareidolia (la causa de que veamos un rostro en una mancha de humedad o recortándose en una nube). No ayuda a la comprensión última del evento, pero sí a dormir en paz.

Terence McKenna bromeaba con que, en una experiencia con plantas alucinógenas, había hablado con una de esas entidades a las que muchos llaman extraterrestres. Decía que aquel ser le había confesado que era mejor que los humanos creyésemos que se trataba de una invasión extraterrestre, que así podríamos dormir mejor por las noches.

¿Será que acaso nos decimos que todo lo que desconocemos es extraterrestre porque nos tranquiliza imaginar que escapa a nuestra responsabilidad?
¿Qué es más inquietante? ¿Pensar que alguien se apresta a salvarnos o darnos cuenta que depende de nosotros lo que hagamos de nuestras vidas?

En definitiva, es necesario cuestionar las creencias y las clasificaciones que damos por ciertas. Eso si queremos avanzar en el camino del conocimiento y más en temas tan esquivos como todo lo que atañe al fenómeno.

Limpiarse de los preconceptos pero usar la misma baraja de naipes para dar la mano que puede cambiar nuestra manera de comprender la realidad.