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Sucedió hace 30 años, una noche cualquiera de calor veraniego en que Carlos Reynaldo González y su mujer se acomodaron en el jardín para aprovechar el aire fresco que llegaba desde el campo. Entonces vieron un objeto con forma de disco que se giraba sobre un árbol de gran porte que se elevaba -por aquellos años- en la esquina de enfrente. La pareja observó los avances del aparato hasta que decidieron irse a dormir. Sobre las dos de la mañana, el misterio se materializó nuevamente, aunque esta vez a los pies de la cama matrimonial. Dos “personas”, que miraban a la pareja, se retiraron traspasando una pared casi en el mismo momento en que Carlos despertó. Desde entonces, este hombre sencillo y trabajador, busca la manera de hablar con sus extraños visitantes: “No dijeron nada, pero yo quiero hablar con ellos”.

El misterio, en sus variopintas expresiones, tiene un poco de todo. Desde los vuelos rasantes por lo bizarro y poco creíble hasta los casos en los que uno se pregunta, íntimamente, que fue lo que le sucedió a estas personas. El caso de los “humanoides silenciosos” de Carlos Reynaldo González encuadra en el ultimo grupo por varios factores, que van desde lo desconcertante hasta lo entrañable.

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Decir que Carlos es un hombre sencillo sería una obviedad. Con solo articular un par de palabras uno puede adivinar no solo el punto de vista de este hombre frente al mundo, sino también los filtros con los que tamiza la realidad. Pero claro, tengo que estar seguro por eso le pregunto y me cuenta que es hijo de padre criollo y madre alemana, que repartió su juventud trabajando como peón de campo, albañil y soldador. Cuando habla de aquellos tiempos se le nota como los ojos repasan imágenes de una Argentina distinta, en la que los valores no estaban tan devaluados y en la que la palabra de un hombre era sagrada. Entre estas dos premisas y una educación formal que no pasó de lo justo y necesario, Carlos fue armando su vida como cualquier trabajador rural, hasta que decidió mudarse a la ciudad en busca de nuevos horizontes.

Por aquellos años Santa Rosa no era muy grande (tampoco lo es ahora) y la zona donde Carlos pudo comprar su terreno apenas mostraba vecinos que se separaban por cuadras de descampado. Esa misma zona, que hoy lleva el nombre de Malvinas Argentinas, fue en la que vio pasar épocas de silenciosos progresos y penurias… y claro, misterios. Indago un poco más, porque quiero saber si Carlos es el típico hombre pampeano de campo. Entonces me encuentro con que sus creencias a duras penas incluyen la iglesia los domingos y alguna que otra visita a la curandera cuando le duele la espalda. Ni historias extrañas ni supersticiones a la vista; el contacto de Carlos con la realidad pasa por el orgullo de ser bueno en su trabajo y algunas preocupaciones sociales que tienen más que ver con el futuro de los chicos del barrio que con la ciencia o los mismos misterios.

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UNA NOCHECITA DE VERANO

Como dije más arriba, todo comenzó en una nochecita calurosa de verano: “Nos sentamos con mi señora afuera, para tomar un poco de fresco, y entonces vi, arriba de un olmo grande que había enfrente, una cosa que daba vueltas con unas ventanitas. Y le digo a mi señora: mirá, un plato volador, vamonos para adentro porque pueden hacernos algo”, dice González con apenas un dejo de preocupación en la frente. Le pregunto que hicieron y me contesta que simplemente irse a dormir.

“A eso de las dos de la mañana, cuando me despierto, los dos extraterrestres… un hombre y una mujer”,continúa Carlos. “Flaquitos los dos, pero se veía que uno era el masculino y el otro femenino. Entonces me enderecé yo para conversar, pero pegaron la vuelta y pasaron la pared como si no existiera”. La historia continúa con una de las dos opciones posibles: o los seguía o se quedaba paralizado en la cama. Pero Carlos, lejos de amedrentarse, decidió ir tras sus visitantes con la idea fija de conversar. Pero no estaban en el comedor: “Se fueron sin darme tiempo a nada, tampoco me rompieron nada”, agrega el testigo con una sencillez que sorprende.

Le pregunto que porqué pensó que se trataba de extraterrestres y la respuesta obvia viene de la mano del “plato volador” visto esa misma noche por la pareja y por la apariencia física de los extraños: “Se les veía la piel clarita, como si tuvieran puesto un cancán, tipo mameluco pegado al cuerpo”, me dice antes de describir el rostro: “Tipo triángulo, con los ojitos para arriba, que me acuerdo bien que eran negros y miraban fijo, sin pestañear”. Le pregunté, en varias ocasiones, si le parecía que eran de carne y hueso y Carlos me lo sostuvo en cada una de las oportunidades, sin embargo, desconcierta la “capacidad” de los visitantes de dormitorio al pasar “a través de la pared, como si fueran translúcidos”. Carlos agrega algunas apreciaciones personales, pero me mira fijo cuando dice: “Lo que me queda claro es que a estos no se los ataja así nomás”.

YO QUIERO HABLAR CON ELLOS

Esta investigación comenzó hace más de un año cuando Miguel Angel Pumilla entrevistó al testigo. Tras un tiempo prudencial me tocó realizarle el cuestionario que se puede ver en el video y más tarde fue consultado por Joaquín Abenza y su equipo, en vivo, en “El Ultimo Peldaño”. En todas las ocasiones la historia narrada fue la misma, por lo que Carlos Gonzalez cuenta ni más ni menos que lo que atesora en su memoria. Y cuando digo ni más ni menos,destaco que este hombre por muy sencillo que sea, podría haber ensalsado todo con un contacto o comunicación. Podría haber usado la experiencia como disparador para salir a decir a los cuatro vientos que “los extraterrestres vienen a dejarnos un mensaje”, y sin embargo sucede lo opuesto. De hecho, tras treinta años de sucedidos los eventos, Carlos se comunicó con nosotros con el objetivo de encontrar la manera de contactar con esos visitantes que lo dejaron con el “buenas noches” en la punta de la lengua.

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Claro que cabe preguntarse por lo sucedido entre las diez de la noche y las dos de la mañana, si es que Carlos solo recuerda una parte de un proceso o es que existen otras explicaciones. En todo caso, la búsqueda de este hombre entrañable es sincera y directa: quiere hablar con ellos, contarles de nuestro mundo y costumbres y que ellos le digan algo de las suyas. De hecho se ha comprado una linterna de gran potencia con la que ocasionalmente hace señales al cielo, pero aclara que en caso de encontrarse con “ellos” solo para conversar “no quiero que me lleven, hay gente de por acá que se la llevaron y al tiempo que la devolvieron se murió”, me aclara antes de dar algunos detalles que estoy confirmando y que incluyen la historia de un muchacho de un barrio cercano “Villa del Busto” del que allá por mediados de los años setenta, se dijo que habría sido abducido. “Lo devolvieron, pero había quedado mal”, lanza Carlos hablando bajo, como quien recuerda un familiar fallecido.

Podemos trazar, de hecho, algunos paralelismos interesantes con otros casos que voy encontrando, no solo en Argentina, sino de la mano de MUFON en EEUU y Canadá. En buena parte de ellos, el testigo se encuentra con un Objeto Volador No Identificado en las inmediaciones o sobre su casa, luego, humanoides silenciosos los visitan en sus habitaciones. En algunos casos el resultado es el terror, en otros la certeza de algo bueno… pero en cada uno de los eventos, me llama la atención que ni las profesiones ni los intereses previos de los testigos tengan nada que ver con el mundo del misterio, como así tampoco sus vidas posteriores al hecho. Ninguno se autoproclama “contactado” ni se muestra ansioso de participar de ninguna convención o acto de exposición pública. Solo quieren saber qué les sucedió y buscan respuestas con las herramientas que les quedan mas o menos a la mano. Y ese es el motivo por el que conocemos hoy la historia de estos “humanoides silenciosos”, la genial motivación de Carlos Reynaldo Gonzalez que, hace ya mucho tiempo, se quedó con ganas de hablar un poco, “charlar de nuestras cosas, contarles un poco de como se vive acá”.

EL VIDEO CON LA ENTREVISTA COMPLETA A CARLOS REYNALDO GONZÁLEZ:


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