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Es cotidiano. Recibir mensajes en todo tipo de dispositivos tecnológicos es parte de la vida del Siglo XXI y, si bien no vamos a terminar con ninguna de las directivas del sistema perverso que nos apabullan con datos innecesarios, al menos podemos hacer frente a esta invasión premeditada y diseñada para la obediencia, el sueño y el desmadre.

Suena un ringtone de nuestra selección y corremos a ver que sucede. Si es que un familiar nos ha enviado un mensaje importante, si es que un amigo necesita ayuda… estos serían los escenarios más sanos de la hiperconectividad. Sin embargo, el 70% de los datos que llegan a nuestros dispositivos tecnológicos cada día están encuadrados dentro de ofertas y “llamados a la acción”. No, no son llamados a la acción civil para la protección de aquellos que menos tienen, tampoco llamados a cuidar nuestro planeta. Se trata de lo que los marketers consideran que es la mejor manera de captar la atención de un público deseoso de PERTENECER.

Inyéctate un Whatsapp
Inyéctate un maldito Whatsapp

Tampoco nos engañemos. Siempre quisimos pertenecer. A un club de barrio, al equipo de bolitas, a la selección provincial de matemáticas o al grupo cool donde parece que las relaciones sociales son más fluidas y placenteras. Sin embargo, con el tiempo y sobre todo el accionar de psicólogos dedicados al trabajo corporativo, estas necesidades básicas del humano han pasado a ser un valor del mercado. “Si quieren pertenecer, mejor que lo hagan dentro de un sistema de consumo”.

El tema, señores y señoras, es que nos bombardean con propuestas diseñadas para atraer nuestra atención, basadas en lo que los buscadores de internet recaban de nuestras preferencias. Google Now, por ejemplo, no duda en ofrecerme productos relacionados a otros que estuve buscando en la última semana y no, no es casual.

Como dije, se estima que el 70% de los datos (mensajes, correos, notificaciones) que llegan a nuestros dispositivos están relacionados a los vaivenes del mercado y lo que se espera que consumamos sin chistar. Pero si, incluso, no fuera ese el caso y decidiéramos adquirir sólo aquello que nos sirve e interesa, la enorme mayoría de nosotros revisa cada notificación como autómatas sin cerebro. Obedecemos. El sistema dicta y no tenemos más opciones que obedecer.

Leer:  NASA responde, pero no como lo esperabas (la viveza no solo es argentina)

Claro, como dije antes, un mensaje bien podría provenir de un ser querido en problemas y esa es una de las puntas de lanza de toda campaña. Usted y yo vamos a revisar los contenidos para asegurarnos de que nada importante está siendo pasado por alto y, en ese mismo acto, ya entregamos métricas de (por ejemplo) tiempo de respuesta a un “llamado a la acción”.

La famosísima aplicación Whatsapp acaba de publicar unas estadísticas casi surrealistas:

Según publicó WhatsApp en su blog, cada día los usuarios intercambian 55.000 millones de mensajes. Se comparten 4.500 millones de fotos y mil millones de videos.

Grupos sobre grupos, usuarios que no dejan de mirar sus pantallas. Compras, ventas, publicidades, cadenas, datos encriptados (de los que alguien tiene la llave para saberlo todo). Este servicio de mensajería instantánea se ha convertido en uno de los mayores tráficos humano-tecnológicos de datos en la historia de nuestra civilización. Y simplemente, obedecemos.

Si nos pasamos al campo de las redes sociales, el panorama es incluso más oscuro. Hace ya más de dos años que Facebook insiste con la necesidad de que los usuarios utilicen sus verdaderos nombres y apellidos. Al mismo tiempo, la capacidad de repartir notas informativas está siempre sujeta a lo que los nuevos algoritmos decidan que es (o no) SPAM. En primera instancia, esto puede ser tomado como algo positivo, todos odiamos el SPAM y muchos consideramos que la impunidad de pedófilos, psicópatas y malvivientes se ve reducida al tener que declarar sus nombres reales, pero lo lamentable de esta historia es que viene de la necesidad de Facebook de hacer dinero con sus usuarios. No se trata de un cambio pensado en la seguridad de usuario, se trata de un cambio diseñado para que aquellos que tienen pequeñas y medianas empresas contraten el sistema de publicidades (casi invasivas) de la famosa red social.

Julian Assange
Julian Assange

De hecho, Julian Assange, fundador de Wikileaks, lanzó hace poco más de un año estas declaraciones de tinte inquietante: “Julian Assange lo puede decir más alto, pero no más claro: Sergéi Brinn, Larry Page y Mark Zuckerberg saben más cosas de los estadounidenses que la propia Agencia de Seguridad Nacional (NSA). El fundador de Wikileaks recuerda también que el nuevo modelo de negocio es el “capitalismo de vigilancia”.

Lo dijo en Chile, pero a través de videoconferencia desde la embajada ecuatoriana en Londres. Assange agregó que pese a la información que reciben estas compañías, finalmente la NSA “termina vigilándolas [a las empresas] y se entera igualmente de todo”. Hace algo menos de un mes, tuvo lugar en Madrid el debate-coloquio “Primero fueron a por Assange”, donde el padre de Wikileaks también intervino.

Esta vez fue en Santiago de Chile, en el seminario internacional “Libertad de Expresión, Derecho a la Comunicación Universal y Medios Plurales para las Democracias del Mundo”. Assange continuó diciendo que estamos en un periodo en el que hay una explosión masiva de información y agregó que el 81 % de la publicidad de Internet pasa a través de Google y Facebook”.

Ahora, tampoco voy a ser un hipócrita. Muchas de las notas de esta revista se reparten en casi todas las redes sociales. En este punto tenemos que considerar dos fatores: publicidad y “normas de comunidad”. En definitiva, podemos repartir noticias hasta cierto punto, porque pronto los algoritmos que buscan que paguemos por promoción detectan la actividad de publicación y suspenden nuestras cuentas, no lo suficiente como para que no podamos comprarles el servicio, pero si para no poder difundir más información. La otra clave tiene que ver con “normas de la comunidad” y, a no ser que seamos un gran medio de comunicación, ciertos temas escabrosos (aunque reales) van a ser eliminados bajo la excusa de la violación de esas mismas normas.

“Assange continuó diciendo que estamos en un periodo en el que hay una explosión masiva de información y agregó que el 81 % de la publicidad de Internet pasa a través de Google y Facebook”.

En definitiva, dinero que habilita o deshabilita la posibilidad de informar. Pero hay más, mucho más. Enfermedades plantadas para inducir a la compra de medicamentos, impuestos dedicados a la esclavización de los cuidadanos, maneras que siquiera imaginarías de “dormirnos” en vida… y tantas aberraciones que con una sola nota no alcanzaría.

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La semana que viene seguiremos ahondando en esta protesta escrita, espero estés preparado para el viaje.

Fernando Silva Hildebrandt.

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