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Puede que parezca un título algo naif pero, en rigor, la desconexión de la naturaleza nos afecta (y hablamos de supervivencia, sí) en varios niveles que analizaremos a lo largo de esta serie de entradas informativas (y algo reflexivas).

Todos los organismos que conocemos (desde las cianobacterias hasta los elefantes) modifican su entorno de una u otra manera. Por lo general, estas modificaciones se basan en una miríada de motivaciones que van desde la supervivencia hasta el cortejo.

Por ejemplo, el ciclo del amoníaco, en el agua, tiene como grandes actores a grupos de bacterias que, poco a poco, modifican la química del agua hasta volverla apta para la vida de, por ejemplo, peces. Esto sucede en todo el planeta y responde a un ciclo natural que conecta con muchos otros.

Pero vamos a ponerlo sencillo: un hueco en la tierra es rellenado con agua. Gran parte del material orgánico dentro del hueco entrará en descomposición en las primeras 48 horas, logrando que se vuelva (por ponerlo sencillo) venenosa. Sin embargo, lo que es nocivo para algunos es beneficioso para otros y allí es donde aparecen las cianobacterias latentes en la tierra, que despiertan para colonizar el fondo del pozo. Con el paso de los días, estas bacterias consumirán el material descompuesto y producirán nutrientes para que otra colonia se instale sobre ellas. Lo interesantes es que esta segunda colonia dejará el espacio suficiente a la primera como para que pueda acceder a la luz solar y prosperar. De esto depende también su éxito colectivo. Esta segunda colonia tiene capacidad fotosintética, por lo que proveerá al incipiente estanque con oxígeno, al mismo tiempo que procesa el nitrógeno. Este, se convertirá en la tercera semana en amoníaco, mismo que será consumido por otra colonia de bacterias que traerá consigo otra transformación: la habitabilidad.

Es un proceso que puede parecer sencillo, pero resulta que es increíblemente complejo. En mi caso, el intentar replicarlo en instalaciones artificiales me llevó años de dolores de cabeza y kits de química desperdiciados. Al fin, tras mucha práctica, fui capaz de desarrollar y mantener un ambiente autosustentable y amigable con la vida vertebrada.

Pero esto es solo un ejemplo; necesario para comprender de qué hablo en esta primera entrega.

LA DESCONEXIÓN POR EXTREMOS

La humanidad no puede ser empaquetada en solo un grupo de simios lampiños pasando sus días entre el transporte público y sus edificios de concreto. Sin embargo, las mayores concentraciones de población humana se dan (como resulta obvio) en las grandes urbes.

Estas, por espantosas y/o fascinantes que puedan parecer, son parte del mismo proceso citado en los párrafos anteriores: todos los organismos de este planeta tienden a modificar su entorno. Dicha máxima (que no es mía ni mucho menos), explica la proliferación humana ya no solo en locaciones atractivas para los asentamientos, sino ya en lugares de difícil acceso y clima extremo, como puede ser la Antártida, Groenlandia o Siberia. Somos efectivos a la hora de sobrevivir estableciendo una sana barrera con las inclemencias de la naturaleza pero, en el caso de las metrópolis, los extremos parecen estar operando en contra del objetivo primordial.

Y hablo de extremos porque no importa cuántos espacios verdes se organicen entre los laberintos de asfalto y concreto, lo vertiginoso de la vida cotidiana en estos lugares conlleva una cierta imposibilidad de acercarse a estos lugares en el momento en que el mismo cuerpo lo pide. Y, en el mejor de los casos, no es lo mismo sentarse en el pasto de un ambiente controlado, vallado y rodeado de escapes de automóviles y polución sonora que realizar una escapada al mismísimo campo y pasar un rato en contacto directo con la naturaleza.

Mi percepción (personal) de esta interacción es bastante sencilla. Acercarse a un lugar descampado y pasar un tiempo descalzo en el pasto, la arena o sobre una roca llena de energía, calma la ansiedad y (si uno se toma un buen rato) ayuda con la concentración, la creatividad y la inspiración. Pero no nos quedemos con las experiencias y vayamos un poco más allá.

¿TIENE LA CIENCIA ALGO QUE DECÍR AL RESPECTO?

Si, de hecho, un estudio de la Universidad de East Anglia (Estados Unidos) y publicado en Environmental Research, presentó la evaluación de 140 estudios previos que involucraron a 290 millones de personas de 20 países, entre ellos el Reino Unido, Estados Unidos, España, Francia, Alemania, Australia y Japón.

Para realizar el estudio se tuvo que establecer una definición de “espacio verde”. Esta fue: “un terreno abierto y sin urbanizar con vegetación natural, parques urbanos y zonas verdes en las calles”. Luego se observó la salud de las personas en relación con su cercanía o lejanía a estos espacios.

Si bien se trata de un ejercicio estadístico que debe ser profundizado y desglosado, la doctora Caoimhe Twohig-Bennett (a cargo del trabajo) declaró que la reconexión con la naturaleza supone “enormes beneficios para la salud”, entre los que destacó los siguientes:

  • Se reduce el riesgo de diabetes tipo II.
  • Se disminuye la tensión arterial, la frecuencia cardiaca, el colesterol y, en consecuencia, las enfermedades cardiovasculares.
  • Se relaciona con menos partos prematuros.
  • Aumenta la duración del sueño y parece efectivo contra el estrés.
  • Reduce el riesgo de muerte prematura.

“Esperamos que esta investigación inspire a la gente a salir más afuera y sentir los beneficios para la salud por sí mismos. Y también que alienten a los diseñadores de políticas y urbanistas a invertir en la creación, regeneración y mantenimiento de parques y áreas verdes, particularmente en áreas residenciales urbanas y comunidades desfavorecidas que podrían beneficiarse al máximo”, concluye este equipo científico.

CERRANDO EL BUCLE

Las únicas pretensiones de esta primera entrega es dejar algunos datos sobre la mesa para ser analizados por usted, señor lector.

Parece que más allá de las percepciones personales, la realidad de nuestro divorcio con la naturaleza es más un problema que una solución. Si, pasamos de sufrir los embates del tiempo a vivir cómodos y en un ambiente controlado que nos provee calor ante el frío, un aire acondicionado en verano y luz por las noches. Eso está muy bien, pero cuando veo los rostros pálidos y ojerosos, el estrés extremo de la gente por la calle y las estadísticas de salud mental (y sus consecuencias físicas) parece muy claro que la “contención” de las grandes urbes parece volverse en contra de la calidad de vida de aquellos que las habitamos.

Pero, vamos de nuevo. No, no es que parece… es una realidad. Y como tal, está en cada uno de nosotros encontrar la manera de reconectar con la naturaleza y recobrar esa interacción atrofiada por lo cotidiano.

Es algo que no debe tomarse a la ligera. Sobre todo, por el hecho de que tampoco es tan difícil como parece.

Un buen comienzo: Mañana, cuando se levante temprano para ir al trabajo, salude al sol naciente. Deje que sus rayos tibios le den en la cara y agradezca estar vivo. Le garantizo que pase lo que pase, va a ser el mejor día en mucho tiempo.

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