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La semana pasada hablamos acerca de la Lanza del Destino o Lanza de Longinos, en otra emisión especial para el canal de YouTube. Ahora, tomaremos esta historia como punta de ovillo para comenzar a recorrer los pasillos y rincones de las guaridas más secretas y profundas del régimen Nazi.

Como bien relata el doctor Stein, un gran especialista en esoterismo y paganismo contemporáneo a Hitler, la cúpula de nacionalsocialismo estaba compuesta por individuos que, en su mayoría, formaban parte de sociedades dedicadas a prácticas ocultistas. De hecho, como asesor de Churchill, insistía con que los líderes del Partido pensaban y obraban de maneras muy divergentes para con los discursos públicos, más cercanos al positivismo y racionalismo de la Europa de mediados del siglo XX.

Esta tendencia había iniciado su camino más denso a mediados del siglo XIX pero fue en los años treinta que tomó verdadera entidad en una Alemania que atravesaba un momento muy especial: la posguerra y la derrota. En este contexto, Adolf Hitler -como muchos otros- encontraba cierto refugio en lecturas y charlas acerca de un pasado en el que los germanos habían sido un pueblo guerrero, conquistador y autosuficiente, directamente emparentado con los dioses paganos e incluso con aquellos que muchos conocemos como hiperbóreos.

La idea de una Alemania fuerte, recuperando una identidad cultural perdida, viviendo bajo su propia concepción de la realidad y, sobre todo, aplastando a sus enemigos (reales y supuestos), germinó en un caldo de cultivo que se venía preparando hacía ya mucho tiempo. De esta manera, fue un paso natural esto de la mutación entre encontrar consuelo en historias antiguas a modificar la mismísima realidad en busca de un presente (y futuro) diferente.

Aquí, la mitología y el esoterismo, encontraron tierra fértil para prosperar en contra de lo establecido. Queda claro: lo que funcionara antaño ya no lo hacía, por lo que esa mezcla de idealización de un pasado remoto y dorado combinado a las puertas que podrían abrir artes mágicas perdidas terminaba por ser una combinación atractiva e incluso comprensible.

No vamos a discutir aquí la validez de las artes esotéricas sino cómo es que fueron interpretadas y, quizás, utilizadas, por los líderes del régimen Nazi.

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Uno de los primeros signos públicos y evidentes fue “la competencia” entre la cruz cristiana y la esvástica. Este símbolo, hoy asociado de manera lamentable a la brutalidad de un grupo de personas muy oscuras, es en realidad una de las representaciones del Sol. Luz, calor, dador de vida. No suena ni racista ni negativo, todos crecemos bajo el Sol sin distinción de razas o religiones. Sin embargo, considerado también como un signo de poder y buena suerte, vino a reemplazar algo más profundo que las cruces cristianas: realizó un cambio de raíz en la concepción de la realidad.

Como tantas otras veces en la historia, los cambios profundos en lo religioso anuncian otras cosas. A veces para bien, a veces no tanto, en ocasiones por un simple cambio progresivo de conciencia, en otras por imposición; los cambios en las creencias de las personas nunca deben ser tomados a la ligera. Y eso, escondido como dijimos tras el racionalismo de la época, es lo que estaba sucediendo en Alemania. Guiado desde las sombras por sociedades como Thule, o por personajes que bien podrían ser incluidos en una novela sobre el “otro lado”, pero el oscuro.

Algunos historiadores sostienen que Hitler no era demasiado adepto al ocultismo, que el mismísimo Himmler tampoco. Sin embargo, revolviendo datos nos encontramos con que el joven Hitler, tras fracasar en su intento por estudiar bellas artes, sobrevivía pintando acuarelas y dedicaba el resto de su tiempo libre a leer y releer gruesos tomos sobre magia, mitología nórdica y ocultismo, que tomaba en préstamo de la Biblioteca Imperial austriaca.

Aseguran, algunos, que llegaba a olvidarse de comer, enfrascado en sus estudios sobre temas que le apasionaban. Fue por aquellos años que “descubrió” la Lanza de Longinos en el museo de Viena y quedó prendado: “Supe de inmediato que era aquél el momento más importante de mi vida, me sentí como un sonámbulo cuyos actos están destinados a la providencia”, dijo Hitler más tarde.

Y aquí, aunque muchos no lo vean, salta un dato revelador respecto al que sería el líder del nacionalsocialismo: su profunda formación católico cristiana. Hitler, deja claro en “Mi Lucha”, fue parte del coro del monasterio de Lambach. “Cuando en mis horas libres, recibía lecciones de canto en el monasterio, tenía una oportunidad excelente para extasiarme con el esplendor solemne de las festividades eclesiásticas”. Incluso, llegó a declarar que su más sublime ideal era el del abad.

Una de las publicaciones de Jorg Lanz von Liebenfels.
Una de las publicaciones de Jorg Lanz von Liebenfels.

Así, vemos un escollo importante a la hora de afirmar que Hitler era partidario acérrimo del neopaganismo. Claro, es una historia llena de contradicciones. Mientras por un lado se dice que la mismísima esvástica quedó marcada en su mente a partir de la que se encuentra grabada en el monasterio de Lambach, por el otro se vincula este tema a Jorg Lanz von Liebenfels, quien había fundado la “Orden de los Nuevos Templarios” en un castillo a orillas del Danubio. Este había sido discípulo de Guido von List, quien había adoptado la esvástica como símbolo para los movimientos neopaganos de finales del siglo XIX. En el castillo, se practicaba con regularidad la magia ritual y podían verse ya banderas con la esvástica en el centro. Hitler, quien primero fue suscriptor de las publicaciones y luego seguidor de Liebenfels, impresionó a su tutor al punto de que declararía: “Hitler es uno de nuestros alumnos. Llegará el día en que él, y a través de nosotros, salga victorioso y desarrolle un movimiento que hará temblar al mundo”.

En la próxima emisión, hablaremos de la doctrina del “Hielo Eterno”, una de las bases de la “ciencia mágica”.

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