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La historia de Medea comienza, obviamente, cuando nació, siendo producto de la unión de Eetes, rey de la Cólquide –antiguo reino situado en la actual Europa Oriental, a orillas del Mar Negro- y la ninfa Idía, aunque también se dice que su madre era la diosa Hécate (nativa de la península de Anatolia y nacionalizada griega), de la que también era sacerdotisa. Bueno, nació, y creció unos cuantos años en los que se supone que aprendió las artes de la magia o de la brujería, ya que aparece en la historia de Jason hecha toda una bruja, pero no se sabe si se dedicó a algo más.

Resulta que un buen día  estaría Medea cerca de la corte de su padre, o similar, y aconteció que apareció Jason a buscar el Vellocino de Oro, porque lo necesitaba para recuperar el trono usurpado por su tío Pelias. El rey Eetes se lo concedió con mucho gusto, pero a cambio debía uncir unos bueyes, arar un cuadro y sembrarlo. Nada demasiado complicado, si no fuera porque los bueyes eran de bronce y largaban fuego por la boca (regalo del dios Hefaistos), y lo que debía sembrar en el cuadro eran dientes de dragón. Medea se enamoró de Jason, y esa misma noche fue a su tienda y le prometió su ayuda a cambio de que le ayudase a huir de casa de su padre. Jason no se lo pensó mucho y aceptó, pero además fue más allá, le prometió convertirla en su esposa y serle fiel toda la vida. Encantada por lo redondo que le estaba saliendo el negocio, la bruja le obsequió unas pociones preparadas para la ocasión, y le dio instrucciones precisas de cómo debía llevar a cabo las tareas. El héroe le obedeció en todo; gracias a sus brebajes mágicos contrajo fuerza sobrehumana, pudo uncir a los bueyes al arado, labró la tierra, y una vez terminado eso, sembró los dientes del dragón, de los cuales nació una buena cantidad de soldados bastante bravos. Siguiendo las indicaciones de Medea, arrojó una piedra en medio de ese ejército, que se autodestruyó a golpes y a discusiones acerca de quien había tirado la piedra.

Jasón y sus viajes.

Al ver que Jason había llevado a buen término las tareas encargadas, Eetes se enojó bastante y se rehusó a entregar el Vellón Dorado. Medea ni ganas tenía de quedarse en ese reino, así que guío a su futuro marido y demás Argonautas (compañeros de viaje de la nave llamada Argos) hasta el lugar donde reposaba el Vellocino de oro custodiado por un feroz dragón. Medea entró en acción nuevamente y durmió al peligroso animalito, con lo que pudieron robar la lana en cuestión y huyeron lo más rápido posible por mar. En su persecución salió Apsirto, hermanastro de Medea, que alcanzó a intentar negociar con Jason lo de dejarlo ir con el Vellocino a cambio de Medea. Sin embargo, esta siempre iba un paso más adelante, porque había logrado que Apsirto se presentara solo a la negociación. Error grave para él. Lo mataron, lo descuartizaron, y fueron tirando los pedazos por la borda a lo largo del trayecto, forzando a Eetes, que los seguía de cerca, a detenerse a juntarlos, lo cual les dio la suficiente ventaja para escapar de él.

De regreso a Yolco, los Argonautas tuvieron un viaje con varios avatares. Curiosamente pasaron por algunos de los lugares que atravesó el héroe  Ulises en la Odisea. Jason y Medea se casaron en la isla de Circe, tía de la bruja y consumaron el matrimonio de apuro sobre el Vellocino. A la salida de ahí, días más tarde cruzaron por donde estaban los monstruos Escila y Caribdis, y más tarde por donde estaban las sirenas. Arribaron a la isla de Creta, pero no se pudieron bajar al estar vigilada por Talos, un enorme titan de bronce, que daba la vuelta a la isla tres veces por día. No queda muy en claro si era un robot, un ser tecnoórganico, o que cosa, pero Medea al parecer lo emborrachó con algo que le hizo beber con la promesa de hacerlo inmortal, y le quitó un clavo que tenía en el talón, haciendo que se le fuera toda la sangre.

Bueno. Al final de cuentas, terminaron regresando a Yolco. Los argonautas se dispersaron, y Jason fue a palacio con el Vellocino, pero sucedió que el rey Pelias no quería saber nada con lo de entregar el trono. Medea, entonces, hizo morir a Pelias a manos de sus propias hijas; se les presentó disfrazada de vieja sacerdotisa y las convenció de que si descuartizaban a su padre y lo ponían a hervir iba a rejuvenecer. Las hijas, contentas, hicieron eso sin pensarlo mucho, pero obviamente, Pelias no sobrevivió. Ante lo sucedido, antes que estar agradecidos, los pobladores de Yolco protestaron ferozmente ante ese hecho, por lo cual Medea y Jason se marcharon de ahí y se radicaron en Corinto.

Nuestros amigos tuvieron dos hijos a los que llamaron Mérmero y Feres, y un matrimonio de diez años de duración. Hay que recordar que Jason no amaba realmente a Medea, sino que estaba con ella más que nada en gratitud por los servicios prestados, así que en cierto momento, sin más, él la repudió y se casó con Creúsa, la hija de Creonte. Un poco descontenta por esa actitud de su marido, Medea mató a Creúsa enviándole de regalo un manto que se incendió, y que no pudo quitarse. Creonte fue a auxiliar a su hija, y él también fue pasto de las llamas. No conforme con eso, Medea mató a sus propios hijos, no porque no los quisiera, sino porque sus ansias de venganza eran más fuertes, decidió cerrar los ojos, total iba a tener toda la vida para reprocharse esa acción. Los ciudadanos de Corinto se enfadaron con su proceder, la apedrearon y la hicieron huir de la ciudad en un carruaje alado que era un regalo de su abuelo, el dios Helios. Luego de su expulsión, Medea tuvo su propio peregrinar; se casó con el rey Egeo de Atenas y le dio un hijo al que llamó Medo, con el cual tuvo que huir cuando Teseo, hijo secreto de Egeo, la acusó de haberlo querido envenenar (y tenía razón). Anduvo vagando por Italia, Tesalía, Fenicia, y terminó casada con un rey de un reino de Asia Menor. Se dice que al morir, Medea residió eternamente en los Campos Eliseos, equivalente griego del Paraíso cristiano. En cuanto a Jason, cuentan algunos que se suicidó al ver los asesinatos causados por su ex esposa, y otros, que murió varios años más tarde al caerle encima un trozo de madera de la nave de los Argonautas, que ya estaba bastante podrida.

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