Comparte esta nota con tus amigos | La Señal (ciencia y misterios)
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Hace pelear personas y arruina amistades. Enfrenta familias. Provoca celos e inspira crímenes. Hace salir lo peor de las personas con tal de conservar cosas. ¿Qué es, el odio, la avaricia? No, señores. Es el amor. Desde que el hombre empezó a consignar sus crónicas, y también desde antes, esta singular emoción ha signado historias reales y de las otras.

Cuando se piensa en dioses del amor, automáticamente vienen a la cabeza la diosa romana Venus y su hijo Cupido, o sus equivalentes griegos Afrodita y Eros. Estos últimos simbolizaban para sus creadores el amor pasional o amor a secas; Afrodita con su belleza, sus levantes, su capacidad de enloquecer a la población masculina, y Eros con sus flechas caprichosas hacían tambalear los designios de hombres y dioses. Para los griegos también existían varias clases de amores. Estaba el amor fiel, representado en Hera, la esposa de Zeus, que soportaba los constantes cuernos de su esposo, pero jamás lo engañaba, por eso se la conocía como protectora de la familia. Se reconocía el amor materno, representado por Demeter, la diosa de la agricultura; supuestamente, el invierno se producía porque ella tenía que compartir a su hija Persefone con el dios Hades una parte del año cada uno, y cuando Persefone no estaba con ella, la tierra dejaba de producir. Estaba también el amor desenfrenado y desinhibido –promiscuidad, infidelidad, orgías y todas esas yerbas- patrocinado por Dionisio (cuya contraparte romana Baco, es mucho más famosa), también dios del vino. Se podría decir que el amor egoísta estaba señalizado en el mito de Narciso, quien creía que nadie era lo suficientemente bueno/a para él, y por eso hizo morir de tristeza a la ninfa Eco. Su castigo fue que se enamorase de la primera cosa que viera al despertar. Despertó con sed y cerca de un río, se arrimó, y se quedó encandilado con ese joven tan bello que veía en el reflejo. Al tratar de abrazarlo, se cayó al agua, y no sabría nadar, porque se ahogó.

dfddfdSin embargo, a pesar de monopolizar el imaginario popular, no fueron los únicos dioses que se encargaron de este sucio asunto. Por ejemplo, los egipcios tenían en los primeros tiempos a la prestigiosa Hathor, esposa del dios Horus, que era diosa del amor aunque también de la alegría, el canto, la embriaguez, la fertilidad, y el placer, pero luego su culto fue opacado por el de la esposa del jefe Ra, la Gran Diosa Isis, su suegra, digamos, también patrona del amor y de la fertilidad. En los templos de Isis se le dejaban encendidas lámparas y velas en honor a su poder de dar vida externa e interna. La nórdica Freya era una contradicción andante, porque era la diosa de la belleza y el amor, pero no gustaba demasiado de los placeres, y gustaba más bien de recorrer los campos de batalla con las valquirias, reclamando para sí la mitad de los guerreros muertos. Los hindúes tenían a Kamadeva, dios del (obvio) amor y la lujuria, posible inspirador del popular Kamasutra. Cuenta una leyenda que una vez le disparó a Shiva con una de sus flechas (sí, como Cúpido) para que le prestase atención a la diosa Parvati, pero Shiva, que estaba en una profunda meditación, salió de ella enojado y lo mató incinerándolo. El asunto es que Kamadeva también era el dios del deseo sexual, por lo que Shiva tuvo que revivirlo porque los hombres habían dejado de reproducirse, y por ende, las ofrendas de las que se alimentaban los dioses estaban disminuyendo. En Sumeria, la diosa Inanna era la patrona del amor; más tarde, en Babilonia se la conoció como Ishtar y se le adjudicó un papel importante en la sexualidad; su culto implicaba la prostitución sagrada. En México, Xochiquétzal era una de las diosas del amor, aunque mayormente de la sexualidad. En Lituania, Milda era la patrona del amor, la amistad y el cortejo, enemiga de la soledad, pero no por ello propiciaba el matrimonio, ya que era una cosa secundaria para ella. En las creencias yorubas, la diosa del amor, misericordia, ternura y amoríos ilícitos se llama Ochún u Oxún. Se la identifica como la fuerza residente en las corrientes de agua dulce, y se caracteriza por arreglar líos amorosos y con toda cosa relacionada con la niñez y la adolescencia.

Leer:  Misterio 51 Programa 1x15 Stalingrado, Carl Gustav Jung y La Mente Colectiva con Steve Locse
Parable Visions (por Cameron Gray)
Parable Visions (por Cameron Gray)

Para los celtas, el dios del amor se llamaba Angus Og, y se lo representaba con pajaros sobre su cabeza (hermosa ironía). Este dios una vez se enamoró de una joven que vio en sueños, y no paró de revolver cielo y tierra hasta encontrarla en persona en la vida real. Una vez que la halló, la llamó por su nombre, ella se convirtió en cisne, y estuvieron cantando de manera hermosa. Se dice que todos los que escucharon esos cantos durmieron tres días y tres noches (posiblemente del aburrimiento). En la mitología japonesa, Brenten es la diosa del mar, pero también de la belleza, el amor y la música. Por lo que se ha visto, la mayor parte de los dioses del amor también lo fueron del sexo, porque toda la vida ha sido obvio que la convivencia en pareja conlleva el amor físico. Es paradójico que el cristianismo, la religión del amor por excelencia, haya tendido a considerar pecaminoso el sexo (quizás otra vez para diferenciarse de las creencias antiguas) y haya coartado las rutas del amor puro en pos de las conveniencias sociales. De todas maneras, hay algo que se desliza de todo esto; de existir realmente, los dioses sabrían lo que la mayor parte de la gente está empezando a sospechar; que más allá de servir como lazo afirmador de las relaciones sociales, el amor es la variante espiritual de la excitación física.

Comenta esta nota...

Deja un comentario