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Los hombres imaginaron a los dioses a su imagen y semejanza (creyendo incluso que era al revés, que ellos eran los imaginados y creados), y como era de esperarse, como se ha dicho otras veces acá, les incorporaron muchas características humanas para identificarse más cómodamente con ellos. Cómo la noción de dios omnipotente tardó un poco en aflorar, la gente sintió que sus deidades tenían subordinados para hacerles las cosas más fáciles. Más allá de que antes o después se hayan creado los puestos de médicos brujos y/o sacerdotes para tratar con las divinidades, los seres míticos que se pensaba asistían a nuestros creadores conformaron una fauna interesante. Llevaban mensajes, les alcanzaban las ofrendas, arreaban las almas de los que morían al sitio  que tuvieran que ir, controlaban que todo estuviera más o menos normal, y llegado el caso, mataban gente.

Valkiria al servicio de Freya
Valkiria al servicio de Freya

En muchos casos, no era que los sirvientes eran de tal o cual grupo de dioses, sino que, o cada dios tenía su grupito particular. También se da que no solo eran seres míticos, sino que además, podían ser pequeñas divinidades. Por ejemplo, en la mitología nórdica tenemos a las valquirias, diosas menores al servicio de Freya, que se llevaban a los guerreros más eméritos al Valhalla para que le ayudasen a Odin en la batalla final del Ragnarok. Ese mismo dios tenía sirvientes personales, dos cuervos llamados Hugin (pensamiento) y Munin (memoria) que salían al alba a recorrer el mundo, y regresaban al atardecer para contarle todo lo que habían visto, cual viejas chismosas. A pesar de ser mayormente hostiles y completamente impredecibles, los demonios sabían ser mensajeros o sirvientes de los dioses egipcios, cuidando o guiando a los humanos desde el mundo de los muertos. Según los hindúes, los marut, patronos del viento y las tormentas, eran sirvientes del dios Indra, quien los creó a base de desintegrar un feto divino

Ninfas en pleno "trabajo".
Ninfas en pleno “trabajo”.

incubado durante cien años, que estaba destinado a ser más poderoso que él. Digresión aparte, no sé sabe a quien le salió mejor la cosa sí a él o a Zeus, que se comió a la diosa Metis, que estaba embarazada de él, porque le habían dicho que quien naciera de ella sería más poderoso que él. Tiempo después empezó a dolerle mucho la cabeza, el dios herrero Hefaistos se la abrió cortésmente con el hacha, y de ahí salió la diosa Atenea, que de inmediato pasó a formar parte de los Olímpicos, los doce dioses más importantes. Hablando de divinidades helénicas, ellos sí tenían sirvientes de las dos clases, de todo color y variedad. Dionisio, el célebre dios auspiciador de la ingesta de vino, siempre estaba acompañado por un disoluto séquito de sátiros y ninfas que cuando bailaban y se alcoholizaban, tanto realizaban milagros como también podían ponerse violentos. Parecidas compañías tenía el marino Poseidón, no eran borrachas, pero sí igual de alegres, los tritones y las sirenas. El ya nombrado Hefaistos, aparte de robots, también era ayudado por ciclopes en las tareas de forjar las armaduras para dioses y afines. Aparte de estos, en el monte Olimpo propiamente dicho habitaba toda una caterva de divinidades menores que les cumplían los encargues a los más importantes. Entre estos, se pueden nombrar a Aceso, diosa de la sanación, Alexiares, entre otras cosas, guardián de las puertas del Olimpo, Ganímedes, copero que servía la ambrosía, néctar inmortalizante, Ilitía, patrona de los partos y sus dolores, y Zelo, dios de la rivalidad y de los celos, que quizás haría buena pareja con Eris, la diosa de la discordia, por solo decir algunos.

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Odin tenía sirvientes personales, dos cuervos llamados Hugin (pensamiento) y Munin (memoria) que salían al alba a recorrer el mundo.

Las personas se imaginaron a los sirvientes de dios dioses y quisieron creer en ellos o en potestades menores que cumplían doble propósito, eran una barrera que los separaba de la divinidad, pero que a la vez los acercaba a ella, una garantía de que los jefes existían, aun cuando nadie tampoco viera a sus intermediarios. Se podría aventurar que también les gustaba que las divinidades necesitasen secretarios, porque eso significaba que eran falibles como las personas, y al ser imperfectas, podían comprender y analizar mejor los errores de la gente. Aunque si pensamos que los dioses imperfectos necesitan obreros para llevar a cabo sus tareas, resulta curioso que Jehova, dios omnipresente (siempre está en todos lados), omnisciente (sabe todo de todo y todos, pasado, presente y futuro) y omnipotente (no hay imposibles para él, dejando de un lado la paradoja de que si es capaz que crear un objeto tan pesado que ni él pueda levantarlo), necesite oraciones, ángeles y santos para comunicarse con la gente y reaccionar ante los pedidos. Lo que sí, si bien no tiene un sequito de criaturas mitológicas como las otras deidades, en la Biblia puede verse como hacía trabajar al profeta que fuera, haciéndole construir una edificación para que Su Gloria pudiera manifestarse (no confundir con pistas de aterrizaje o portales interdimensionales), ordenándole actitudes insólitas tipo no guardar luto o cosas así, para que la gente le preguntase porque hacía eso y de esa manera tener una excusa para proclamar Su mensaje… hay métodos y métodos.

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