Comparte esta nota con tus amigos | La Señal (ciencia y misterios)
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El título no está completo porque no concluye lo bueno de que así sea. Sin embargo, me voy a tomar el atrevimiento de explayar un poco la idea, de dar algunas vueltas por los recovecos creativos que no necesariamente dicen algo bueno del autor sino que, espero ayuden al lector a comprender un poco lo que sucede cuando uno se deja de dar vueltas y aplasta el trasero para escribir un poco.

Muchas veces he leído que los escritores tienen cierta fama de inmaduros, temperamentales, ciclotímicos, malcriados y hasta pedantes. No se los demás, pero muchas veces siento que esa descripción se queda corta. Claro que todo depende del punto de vista. Si uno llega a la oficina con la cabeza nublada por las brumas espesas de un planeta llamado Aldhania es probable que se olvide de saludar o que el “buen día” suene un poco robótico. También está la posibilidad de mantener una de esas “buenas charlas sobre el clima” y es probable que encuentres a muchos escritores respondiendo con monosílabos mientras, detrás de esos ojos, se suceden imágenes de tormentas monstruosas azotando barcos en mares imposibles.

Pensándolo bien, puedo asegurar que todos somos un poco egoístas. Y lo digo en el sentido de que fuera de todo mito, el proceso de escribir es absolutamente solitario y, depende el autor, tortuoso, dilatado, confuso y hasta violento. No, no hablo de salir en bata y escopeta a recibir a quien se atreva a interrumpir ese nirvana con un timbrazo. Hablo de lo que le hacemos al físico y a la mente en estos períodos en los que solo sabemos de… lo que sea que esté pasando por dentro.

Si, socializamos. Necesitamos interactuar con humanos para poder incluir sus costumbres reales en estos mundos de fantasía y, aunque a veces parece que tengamos antenas, no conozco colega que muerda. Puede que escuches frases descolgadas y, en el caso de que compartas tus días con alguno, es probable que notes que habla solo. Si, también es necesario ensayar los diálogos y, en mi caso particular, cambiar voces para hacerlo un poco más realista. Aunque suene para el diván, esto tiene un fin lógico: no siempre se corresponde lo escrito con lo dicho. El lenguaje hablado tiende a tener un ritmo difícil de reproducir cuando no se ven los gestos que acompañan al habla. Por eso, y ninguna otra razón, es que siempre es bueno repasar los diálogos en voz alta y preguntarse si aquello tiene sentido o… da para el manicomio.

Como sea y todavía entre risas (internas) festejo terminar la primera entrega de “Evolución” tras muchos años de darle vueltas. Recuerdo que estaría entre los trece o catorce años cuando me sentaba en el boulevard frente a mi hogar materno, imaginando la llegada de naves espaciales cargadas de terribles invasores. Pensaba en las posibilidades de escapar de algo semejante, en las probabilidades de sobrevivir y salvar la mayor cantidad posible de seres queridos y hasta la idea de formar algún tipo de resistencia con sede en cuevas, montes, lugares inhóspitos y alejados. Al fin el primer libro -de una historia que terminó siendo tan diferente como una veintena de años pueden cambiarte-, está terminado.

Por lo pronto me acomodo la barba y miro por la ventana. Quizás sea momento de abrir las persianas, asomar la naríz. Claro, si, también les dejo un video en el que menciono algo sobre esta obra y mucho sobre Ciencia Ficción. Ya la novela fue al editor y como no soy el Papa no voy a pedir que reces por mí, pero no vendrían mal algunos dedos cruzados.

¡Salud!

Mire este video en Youtube.

 

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