Comparte esta nota con tus amigos | La Señal (ciencia y misterios)
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Podría hablar de los misterios relacionados a las motivaciones del extremismo, del terrorismo (el más conocido y el de estado), podría buscar el debate religioso o acoplarme al pedido de “basta” en cuestiones tan terribles como las que nos tocan estos primeros días de 2015. Lo cierto es que esta vez me voy a alejar de las conspiraciones para acercarme a un misterio más complejo y duro: nosotros mismos.

Humano, palabra curiosa. Nos relaciona directamente al barro, a la tierra. Buena parte de las culturas tiene como parte del mito creacionista la aparición del ser humano de entre el barro o la arcilla, lo que en última instancia no hace sino “hermanarnos” en origen. Claro que tampoco soy de aquellos que piensa que seamos todos iguales, ante la ley si, pero celebro la diversidad como expresión de esas particularidades que nos hacen únicos e irrepetibles. Sin embargo, en el hilado más fino, en la búsqueda inconclusa de la esencia humana, veo que muchas veces somos más barro que hombres, manteniéndonos cerca de esa cosa inconclusa, sea para bien o para mal. Al fin y al cabo, la tierra no tiene la culpa de nuestras atrocidades.

Hoy es un atentado, mañana será una mujer juntando los pedazos de su hijo en alguna región del continente africano, o un chico que muere desnutrido en nuestro país. Si vamos al caso, nada de esto es necesario. Los extremos en los que nos movemos por vaya uno a saber que resabio de ese primitivo cerebro de reptil, o los complejos vericuetos de la corruptela que nos arrastran al asesinato social… es que son caras de la misma moneda.

Leer:  Mitología | Fin de año en lo de Atenea

Vivimos en un mundo donde las emociones son menospreciadas, donde damos las riendas de nuestras vidas a gobiernos y corporaciones psicópatas, que poco saben de tierra o humanidad y mucho saben de mentiras compulsivas, frialdad y prácticas esclavizadoras. Estudios de diversas universidades han demostrado la presencia real de esta patología si se analiza el accionar de nuestros grandes sistemas como si fueran personas. Entonces no me cuesta comprender por qué suceden estas cosas: en nuestro afán de ser y también en el de no ser, viajamos a los extremos sin llevar el corazón siquiera en la valija.

Sin corazón (o como quieras llamarle) no hay comprensión ni empatía, no hay posibilidad de respeto por la naturaleza, por el vecino, por la vida del chico que no tiene agua en un país donde es uno de los recursos más abundantes. Sin amor, la lógica se vuelve fútil, porque transita caminos incompletos donde la tendencia a la desgracia es la norma y se gasta más en armas, coimas o campañas electorales que en educación, alimentación, infraestructura básica o salud.

Es el ego, es la carencia más profunda, es todo lo que sucede o dejar de suceder cuando apagamos el corazón. Hablamos del alma, de las emociones más puras, lo que nos conecta con esa tierra, que hace al planeta, que es parte del sistema planetario, que es parte de la galaxia, que es parte del universo. Y llegamos a otra palabra curiosa, porque universo habla de un tipo de unidad que no admite división, donde todo gira. Entonces, si somos parte de esa unidad está bien que todo vaya girando, que lleguen y pasen los cambios, que todo se transforme. Pero nos olvidamos de la parte indivisible, que la dejamos en el corazón que nos pareció muy pesado para llevar en la valija.

Leer:  Misterios | Retorno a Babilonia; fotogramas malditos.

Ese peso, ese peso y no otro, es el que sentimos muchos (y somos cada vez más). Porque cuidamos esos corazones abandonados, con la mirada de un niño, desde una palabra o desde un hecho. Porque queremos hacer algo bueno de ese barro, porque buscamos la partícula indivisible, la del misterio del amor y la mente universal, y la vamos a encontrar.

 

Fernando Silva Hildebrandt.

Comenta esta nota...

Deja un comentario