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A pesar de su aparente pasividad en la actualidad, el mundo vegetal cumplió un papel muy movido en la época de las leyendas, y en la actualidad sigue teniendo algo de influencia en lo místico. La costumbre navideña de besarse bajo una rama de muérdago (árbol considerado de paz porque bajo él podían reconciliarse enemigos o parejas peleadas), el arbolito de navidad, las ristras de ajo  contra los malos espíritus, deshojar inocentes margaritas, las coronas de laureles, los múltiples significados de la manzana, las raíces de todo esto están relacionadas con las plantas y afines, por brotar de la Madre Tierra y ser ramificaciones de la Vida y la Divinidad. Los celtas aplicaron ese pensamiento y fueron uno de los pueblos que basó sus creencias íntegramente en la naturaleza, y de manera muy importante en los bosques, creyéndolos el nexo físico entre el mundo material, el mundo de los sueños, y la divinidad. Muchos pueblos africanos hoy en día creen que los baobabs tienen espíritus, y por eso les dejan ofrendas. La Biblia equipara a los grandes reyes con grandes árboles, a modo de elogio.

Yggdrasil
Yggdrasil

Mitos de diferentes culturas hablan de un Árbol divino, con ramas que llegan al cielo y con raíces que se hunden en los infiernos. Por ejemplo, en la mitología celta, el Yggdrasil era el árbol donde estaban asentados los nueve mundos que constituían ese universo. En su copa vivía un águila sin nombre que vigilaba lo que ocurría en todos los mundos, y en las raíces, royéndolas sin descanso, un dragón llamado Nidhogg. La ardilla Ratatosk, como buena vecina chismosa sin nada que hacer, se la pasaba correteando de la copa a las raíces llevando noticias falsas e insultos entre el águila y el dragón, creando discordia entre ellos. En los textos más antiguos de la tradición hindú, el cosmos aparecía como un árbol invertido (las raíces hacia arriba porque busca su origen en la Creación, que emana de los dioses) y era llamado Ashvatha. Según algunas versiones, el Ashvatha no solo representaba el cosmos, sino al hombre. Ya sin ser o contener el mundo, pero siendo su esqueleto, el Kiskanu es otro árbol invertido nombrado en los relatos babilónicos. Tenía las raíces en la tierra y se expandía hacia abajo, al abismo primigenio. Era conocido como el Árbol de la Vida, y representado como una palmera con dátiles. En el judaísmo tenemos al Árbol Sefirot, otro ejemplar dado vuelta, como símbolo del proceso descendiente del ascenso y descenso de las energías divinas en el mundo material. Es archiconocido el Árbol del Bien y del Mal, cuyo fruto tenían prohibido Adán y Eva (si comían la manzana se corría el riesgo de que se volvieran inteligentes y cuestionasen a Dios). Es interesante la importancia que tiene la manzana en varias historias.

Hay varios otros árboles que son conocidos y populares sin que tengan que expandirse por todo el universo. En la Patagonia argentina, los indios pehuenches consideraban sagrada a la araucaria, y usaban sus ramas para formar altares. El roble era tratado de la misma manera por los druidas. Las primeras historias de la mitología griega hablaban sobre árboles parlantes (más tarde fueron evolucionando a vegetales que daban consejos, o es más, los dioses convertían en árboles a quienes les agradaban, los habían tratado bien, o para salvarlos de una persecución –flacos favores-). Los antiguos egipcios veneraban el sicomoro, la higuera africana, porque creían que era la encarnación de la diosa Hathor. En Japón creían en el Katsura, una solitaria planta de laurel que estaba en la Luna, cuyas hojas a veces caían a la tierra. Quien las encontraba, podía tener encuentros sexuales todas las veces que lo deseara.

Claro está que los vegetales míticos también tenían un lado oscuro, o al menos un costado no tan bonachón y benefactor. La Edad Media fue muy propensa a esta clase de ensombrecimiento, quizás para diabolizar el lado pagano de los bosques. Los hombres creían que la mandrágora podía usarse como remedio o como cosa maldita; supuestamente crecía al pie de los patíbulos regada con el semen de los ahorcados, y tenía una raíz humanoide cuyo grito lloroso podía matar al que lo escuchara. Los sauces tenían fana de a la noche desenterrarse y perseguir a los viajeros solitarios. Según la tradición, Judas Iscariote se suicidó colgándose de un sauco, por lo cual esa clase de árbol fue considerada maldita; está bien, podían hacerse amuletos contra los malos espíritus y estacas para los vampiros, pero las brujas usaban sus ramas para construir escobas. El escritor Alejandro Dolina cuenta que se pensaba que el mismo árbol advertía que no debían construirse ni cunas ni casas con su madera, pues los ocupantes estarían destinados a un triste fin. Las tribus indias estadounidenses no se animaban a entrar en el bosque de Black Hills, Maryland, por tenerlo como un lugar diabólico (ese sitio sirvió de inspiración para la película “The Blair Witch project”). Los guardianes de los árboles también suelen ser

ARAUCARIAS.
ARAUCARIAS.

bravos. Ya en nuestro país, en la provincia de Santiago del Estero se habla de Sachajov, un numen protector del bosque, que atrae a los haceros con gritos similares justamente a hachazos, y los asesina sin compasión. En la mitología eslava tenemos algo similar, los Leshiy, pero son un poco más ásperos pues su rango de ataque no solo se dirige a los que hachan, sino hacia cualquier ser humano que pise el bosque y haga algo de ruido. Para terminar, basta recordar que el escritor J.R.R. Tolkien reunió elementos de diversas mitologías, algo del ecologista enfervorizado que tenía adentro, y creo a los Ents, guardianes arbóreos, de lento razonar y moverse, pero de capacidad destructiva sin precedentes contra los depredadores del medio ambiente, y al Viejo Hombre Sauce, que se comía a los incautos.

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