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Sin rodeos; la guerra es una total injusticia. A lo largo de la historia millones de seres humanos han muerto en nombre de la religión, por independizarse, por destierro, por torturas, o por simple capricho de los jefes de las naciones que sean, que manejan todo muy cómodos desde sus despachos y sin ensuciarse las manos. La mitología también ha sido un triste reflejo de ello. No ha habido tantas guerras como las reales de la humanidad, pero acá y allá proliferan deidades que se ocupan del asunto, como para tener alguien a quien rogarle en caso de contienda.

Las guerras divinas saben ubicarse en el principio o en el final de los tiempos, muy pocas veces se sitúan en mitad de la línea “histórica” de los mitos. Entre las luchas de los principios tenemos a los dioses hindúes batallando contra seres malignos llamados daityas, a los que luego encerraron en el infierno, la expulsión de Lucifer del cielo por intentar rebelarse contra Dios, o la lucha de Zeus contra los Titanes a los que terminó arrojando al Infierno como para hacerle compañía al diablo cristiano y a los daityas hindúes, digamos. (Son muchísimos los relatos de diferentes culturas donde al principio están los dioses guerreando contra gigantes, como si hubieran estado todos basados en hechos reales). Entre las de los finales de los tiempos está el Ragnarok nórdico, donde mueren gran parte de los dioses y el mundo se sumerge bajo agua y nace uno nuevo, o el Apocalipsis cristiano, que da a entender que se extiende durante milenios, y donde además se agrega un largo muy largo juicio para decidir quienes de la humanidad se salvan y quienes no. Entre las que pasan a mitad de la historia se pueden destacar las batallas de dioses hindúes narradas en textos sagrados, con el agregado interesante de que en uno de ellos, el Mahabharata, se narra con lujo de detalles los efectos de un arma, sorprendentemente similares a los de una bomba atómica. Los hititas narraban los combates del dios Kumarbi contra el dios Teshub, que pretendía apoderarse de las regiones superiores de la Tierra. También ha habido guerras entre hombres con ayuda divina; el ejemplo más conocido es la guerra de Troya, con varios dioses y semidioses interviniendo. En la Biblia rebosa de casos en los que el Dios del Antiguo Testamento ayuda a los israelitas a vencer, aunque a veces se pasa de recomendaciones para la victoria y adquiere un tono un tanto sangriento, lo cual es curioso si partimos del hecho de que es una deidad misericordiosa.

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Hablando de dioses sangrientos, la guerra tenía varios santos patronos. El más conocido de todos es griego, para variar, y su nombre es Ares, pero paradójicamente ganó muy pocas batallas en su historia y se lo recuerda más por su carácter belicoso y guerrillero. Su contrapartida romana es Marte, llamado así por el planeta del mismo nombre, y asociado con la sangre porque era rojo. En las creencias mapuches había una suerte de dios de la guerra, el Epunamun, más bien un dador de consejos de batalla los cuales había que seguir para que no se enoje. Los celtas tenían a la diosa Badb, que provocaba confusión en los enemigos para dirigir el rumbo de la contienda. Esta diosa formaba un grupo guerrero con sus hermanas Macha y Morrigan, aunque sabe decirse que en realidad las tres son personificaciones distintas de una misma entidad. En las creencias hindúes, el guerrillero es Kārttikeya, y dirige constantemente las fuerzas de Shiva contra las huestes del Mal. La diosa Anat es semita y supo ser reverenciada en Chipre, Egipto, Fenicia, Palestina y Siria. Era patrona de la fertilidad, pero también de la guerra, y se la relaciona con Palas Atenea, la griega. Entre los pueblos nórdicos se adoraban al dios Tyr, representado con una sola mano porque la perdió en una batalla con el lobo Fenrir, y a su hermano el ahora famoso Thor, también dios del trueno, que portaba un poderoso martillo llamado Mjolnir, muy grande pero de cabo muy corto. En las tierras egipcias tenemos a Sekhmet, símbolo de la fuerza y el poder, y también diosa de la venganza, hija de Ra y esposa de Ptha, el Dios de la Creación, y también a Montu, una de las primeras deidades, que primero fue dios local de la ciudad de Hermontis, situada al sur de Tebas, pero luego fue considerado divinidad nacional, que ayudaba al faraón en las contiendas.

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Es comprensible que haya habido dioses de la guerra, porque los antiguos tenían dioses para todo, especialmente los babilónicos, pero eso nos da la pauta de que el mundo antiguo pocas veces buscó la paz, o al menos le costaba bastante encontrarla. Nunca ha habido un dios de la paz, porque hasta los dioses más benévolos de la historia solo la han propiciado entre los suyos por el asunto del orden social, en tanto que los demás han instado a sus seguidores (ellos mismos o a través de sus representantes corruptos, avariciosos, y aprovechadores) a guerrear y a matar en nombre de ellos, siempre con la consigna de que los que no piensan como ellos son los malos.

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