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Para bien o para mal, el hombre existe desde hace muchísimo en este mundo, y esa es una de las razones por las que estas líneas son escritas, no solamente porque fue necesario que el hombre exista para eso, sino también porque el interrogante sobre su aparición también nos acompaña desde hace milenios. Antes no había teorías evolucionistas que lo emparentasen con los primates, así que los antiguos buscaron explicarlo de una forma en la que no hubiera que pensar mucho, solamente creer.

La mayor parte de las historias míticas coinciden en que los humanos fueron creados de tal o cual manera pero no fueron fabricados a partir de alguna criatura preexistente. Sin embargo, para el pueblo Huichol o Wixarika, de Mexico, en el principio todos los seres eran mitad tal especie y mitad humano, y que solo uno de ellos pudo llegar a convertirse en Watakame, el primer humano completo, y para los aborígenes australianos, el Ser Supremo moldeó a los hombres tomando como base seres sin terminar que yacían dentro de animales y plantas sobre una gigantesca masa embrionaria, y luego les infundió a todos el mismo aliento vital, por esa razón, para esa cosmogonía, cada ser humano tiene que ver con el animal o planta de donde fue tomado. Sin embargo, para otras creencias, la gente fue creada de las más variopintas maneras. De esa manera, según relatos hindúes, la raza humana fue creada mediante la unión del dios Brahama con su hija Vak (la Palabra), diosa del lenguaje y el aprendizaje. Para algunos egipcios, el dios cabeza de carnero Khnum fue quien formó al primer hombre con un torno de ceramista, luego le hizo unos compañeros, les dio vida, y les creó la tierra de Egipto para que vivieran. Los relatos mapuches son más pragmáticos, pero a la vez intrigantes; según ellos, los hombres bajaron del cielo, y los espíritus les dijeron que alguna vez regresarían al cielo. Aquí también en la Argentina, Elal, el héroe-dios, el nacido de la Nube cautiva y el cruel gigante Nóshtex, creó a los Chónek (hombres) de la raza tehuelche en las tierras del Chaltén y fue su guía.

Adán y Eva
Adán y Eva

El Dios cristiano creó a Adan, el primer hombre, fabricándolo con barro, y a su compañera Eva de una de sus costillas, argumento que, junto a lo de la manzana, sirvió para sojuzgar a la mujer durante milenios de años por ser una parte pecadora del hombre. Parecido origen tuvo el hombre según los indios Cheyenne. Maheo, el Gran Espíritu, primero creó la superficie de la Tierra sobre una tortuga que se prestó para tal fin; luego creó al primer hombre con una de las costillas de la tortuga, y a la mujer con una de las costillas del hombre. La deidad jibara Yus era un tanto egocéntrica, porque creó a los hombres para que hubiera seres capaces de apreciar la belleza de las cosas que había hecho. Los dioses aztecas tenían un razonamiento parecido, crear hombres porque los animales no eran capaces de venerarlos, pero les costó un poco más de trabajo conseguir su objetivo. Fabricaron hombres de barro, pero un diluvio los desarmó. Los de madera se convirtieron en monos y vivieron así hasta que fueron destruidos por otro diluvio, pero de resina ardiente. Finalmente, crearon al hombre ideal con maíz, sangre de ellos mismos y de serpiente y tapir, y este sí pudo reverenciarlos como lo deseaban. Estos últimos dos casos son un tanto extraños, como si los dioses no pudieran reconocerse a sí mismos y necesitasen a un lamebotas pensante.

Sin embargo; crear al hombre fue relativamente sencillo, lo complicado se vino cuando hubo que guiarlo. Los dioses no quisieron crear marionetas, hubiera sido muy aburrido, pero tampoco querían cuestionamientos. Ya que supuestamente en tiempos antiguos los dioses y sus hijos y criaturas estaban más en contacto con los hombres, eran frecuentes los altercados. Quizás el más popular de todos sea el de Job. La historia narra que el Diablo de buenas a primeras se presenta ante Dios, y tienen una conversación extrañamente amigable, luego de la cual, Dios le permite “poner a prueba a Job” por así decirlo. Job pierde todas sus cosas de una manera espantosa, también pierde la paciencia, e interpela al Creador, quien se le aparece personalmente, le explica sus razones, y lo compensa por todo el daño que ha sufrido, eso sí, sin disculparse, como señala el escritor Santiago Kovadloff en su libro “El enigma del sufrimiento”. Dicho autor también señala la historia de Noe como otro ejemplo de una deidad reparando un error prometiendo que no habrá otro diluvio, pero también sin aceptar que se equivocó. Da la impresión de que, a pesar de haber sido y seguir siendo sus jefes, sus amos, sus padres o como fuere, los dioses nunca supieron muy bien que hacer con el “rey de la creación”.

memnoch-the-devilAnne Rice, en su libro “Memnoch, el diablo”, da a entender que Dios solamente pudo saber sobre la naturaleza humana al reencarnarse en su hijo Jesús. Pero más allá de eso, ¿por qué realmente los dioses nos pudieron haber creado? ¿Por qué su necesidad de tener criaturas iguales a ellos? Ya hemos visto por cual motivo el dios Yus y los dioses aztecas hicieron aparecer a las personas (cual escritor que crea personajes para que lo alaben), pero esperemos que la respuesta a la razón de nuestra existencia no sea la que recibe el robot David en la película “Prometheus”:

David: ¿Por qué nos crearon?

Hombre: No sé. Porque pudimos.

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