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Si lo pienso un poco, la fábula bíblica de Babel se queda corta. De haber existido un Dios iracundo o preocupado por los posibles avances de una humanidad organizada y prolífica, no solo se encargó de hacernos hablar lenguas distintas, sino también de que entre los que compartimos el idioma sea demasiado difícil llegar a comprendernos.

OPINION

La comunicación no solo se limita a los sonidos y símbolos que forman palabras y dan “vida” a la herramienta fundamental de la civilización: el idioma. Sin embargo uno tiende a creer que si se comparte el lenguaje debería ser fácil comprender lo que el “otro” (sea quien sea) intenta decir. Y digo creer, porque basta con razonarlo un poco para notar las claras dificultades a la hora de conectar de lleno con otra persona, incluso con uno mismo.

Resulta que lo que vamos a apodar “efecto Babel” llega profundo, porque no solo se trata de que la humanidad se encuentre desperdigada en diferentes lugares con distintas lenguas, sino que hablamos de filtros adquiridos para interpretar la realidad. De hecho, no creo que te sea difícil recordar una situación cercana en la que alguien de tu entorno no haya entendido bien lo que querías decir o que, sin vueltas, haya interpretado exactamente lo contrario. Claro, puede parecer una obviedad, pero como comunicador se me hace desvelo encontrar la manera lo más clara posible de expresar, compartir, transmitir.

En ese camino, día a día, me doy cuenta de que estoy muy lejos de lograr ser claro, incluso conmigo mismo. Ahora bien, reconocido esto me gustaría que veamos cuales son algunos de los factores determinantes a la hora de entenderse.

BABEL2

Si querés podes ponerles el nombre que quieras pero, para que nos entendamos, los filtros de realidad son aquellas cosas que nos sirven de referencia para interpretar los hechos del entorno. Algunos son muy básicos y tienen que ver con lo aprendido en la más temprana edad. Son esos datos que compartimos y en los que podemos estar de acuerdo porque suelen hacer referencia a hechos concretos: el fuego quema, si hace frio es mejor usar campera y la noche es oscura. Claro que a medida que vamos conociendo otras personas y nuestras vidas pasan a ser más complejas esos filtros se nutren con las experiencias y llegan a formar verdaderos paquetes de preconceptos.

Por definición estos preconceptos no tienen por qué significar algo negativo. La experiencia es clave a la hora de aproximarnos a las situaciones que preferimos y alejarnos de aquellas que sabemos (o creemos comprender) es mejor dejar de lado. El problema se da cuando los filtros se aplican inconscientemente a la comunicación, deformando el mensaje. En estos casos no importa lo que se nos diga o la intención primigenia de quien nos comunica una idea, un deseo o un simple dato, todo es interpretado de tal manera que hasta poco cuesta agregar supuestas intencionalidades encubiertas que encajan con situaciones parecidas vividas con anterioridad. Así, un simple comentario puede mutar en agravio dependiendo de la persona que lo reciba. También puede suceder que un agravio sea tomado como un cumplido o incluso una muestra de amígdalas bien puestas. Todo depende de cómo se escuche y también de cómo se emita.

Pensemos por un momento en el clásico juego del “teléfono descompuesto” con el que nuestras maestras de primaria nos hacían ver que la comunicación es, como mínimo, tortuosa entre las personas. Veo esa ronda con mis compañeritos, todos sentados en el piso, pasándonos el “dato” de oído en oído, riendo un poco al mirar la cadena física del mensaje. Sin embargo, por más que pudiéramos ver cómo se decían lo que se decían, el misterio permanecía en por qué decíamos lo que decíamos. Es bastante difícil explicar cómo una “garza blanca en pantuflas” termina siendo “una abuela que fríe en grasa sus pantuflas”, sin embargo, si aplicamos la posibilidad de haber escuchado mal una o dos palabras, la función de “autocompletar” que aplica el cerebro en esos casos y una dosis de picardía muy palpable, vemos que deformar el mensaje es el resultado más probable en cualquier comunicación humana, así hablemos de escritos.

Pero volvamos a la interpretación. Friedrich Nietzsche decía que “El saber si en una conversación debemos dar o no la razón a otro es una mera cuestión de costumbre; ambas cosas son justificables”, y si bien pude sonar un poco ilógico en la primera lectura, esta sencilla frase contiene una gran verdad encerrada: todo depende del punto de vista. Si tuviéramos la posibilidad de comprender con profundidad desde que trasfondo de aprendizajes y filtros nacen las aseveraciones de la persona con que conversamos, estoy seguro de que todos podríamos elegir mejor entre dar o no la razón o, lo que es mejor, perderíamos la maldita necesidad de estar en lo cierto.

Básicamente, todos y cada uno de nosotros está relleno de buenas razones por las cuales decir tal o cual cosa,así sea la poco admirable necesidad de sentirnos bien al “ganar una discusión” doblegando el intelecto del otro con argumentos supuestamente irrebatibles. Puedo apostarte lo que quieras a que el otro, por más que te de la razón, va a guardar esa pequeña espina que le significa no tanto el ego herido sino la lógica de sus argumentos dentro del marco de sus filtros de realidad.

Así, y para no extenderme demasiado en esta entrada, quiero que tomes en cuenta que siempre que estés interactuando con alguien, todo lo que digas podrá ser (y será) interpretado. No importan las intenciones ni los objetivos propios, todos tenemos estas limitaciones y creo que va siendo hora de que aprendamos a vivir con ellas. Pero bueno, sí, sí… eso supondría un acto de introspección y, no solo conocerse a uno mismo, también enfrentar esos detalles que nos sublevan en el espejo mental cotidiano.

Al final, se me ocurre que mirar a los ojos y decir lo básico puede funcionar bastante bien. Pero eso lo dejo para la próxima, ahora tengo que releer esto a ver si entiendo algo de todo lo que acabo de escribir.

Fernando Silva Hildebrandt.

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