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Estamos compuestos por agua. Algunos estudios hablan de casi un 70% en cada cuerpo humano. Puede tomar diferentes formas, integrarse con lo demás, pero está ahí. Por eso me gusta pensar que, de alguna manera, llevamos un lago interior.

EL LAGO INTERIOR

Cuenta una leyenda —que acabo de improvisar— que un lago de aguas cristalinas se había enamorado de la montaña que tenía enfrente. Tanto así, que incluso en los días en los que el viento soplaba en dirección contraria, el agua bañaba las rocas de la base de la enorme Aribat, tal como habían apodado la montaña unos forasteros que también se habían encargado de dar nombre al lago: Espíritu. Esos hombres habían dicho algo acerca de cómo les volvía el espíritu al cuerpo al probar sus dulces aguas y se habían marchado.

En resumidas cuentas y desde hacía ya un tiempo, esas aguas se mostraban siempre agitadas, tratando de llegar a la montaña. No había día o noche en que Espíritu no intentase abrazar a Aribat. Tanto que peces, insectos y aves comenzaban a preguntarse si era aquél un buen lugar para vivir. El lago, absorto en la idea de mostrar su belleza y magnificencia, improvisaba olas cada vez más grandes, remolinos de fábula y, lejos de mantener sus límites, había invadido casi todo el contorno de la base de la montaña, obligando a cabras y lobos a descender por un estrecho camino que también corría riesgo de desaparecer.

Una tarde, una familia de liebres que se encontraba de paso correteó hasta la orilla de Espíritu para saciar la sed. El lago, en medio de uno de sus espasmos más severos, no fue consciente de que arrastraba los animales dentro de su cuerpo helado y de allí a un torbellino que decorado con gotas danzantes. Fue un águila satisfecha que tomó una a una las liebres para depositarlas en la ladera de la montaña. Miró a los animales medio ahogados y pensó en el desperdicio de comida que habría sido dejar que los trague el agua. No iba a matarlos, no aquella tarde, era la primera vez que usaba sus garras para un rescate, por lo que comprendió que algo andaba muy mal.

lago quillen 6 (Small)

El águila miró al lago y agitó la cabeza. Era claro que Espíritu ya no sabía que hacer para llamar la atención de Aribat pero ella sí sabía con quien hablar para solucionar el problema. Buho Blanco escuchó al águila y voló hasta un hueco orientado al norte. Medio sol más tarde la serpiente comenzó un lento reptar que la llevaría cerca de la cima para el anochecer, entonces habló con la montaña.

Dicen que Aribat giró su pico más alto como los animales mueven sus cabezas y por una vez habló con una voz que todos pudieron escuchar: “Por si no lo sabías, Espíritu, te amo desde la creación. Mis hielos decantan en aguas que alimentan tus siglos y mi reparo repele al clima en sus ansias de azotar una calma que has perdido por otras razones. No lo sabes porque no te detienes, pero no es necesario que demuestres nada para ganar mi confianza y mi amor. Desde aquí, ver cada día tus aguas y tus peces, tus pájaros y el reflejo del sol es un regalo que siquiera imaginas lo que me completa. Pero desde que existes en agitación todo eso corre peligro, el equilibrio, la calma y hasta el amor. Calma tus aguas, Espíritu, desde dentro y no intentes demostrar nada. Solo sé lo que eres, que es sabio dejar las estridencias para las tormentas y andar el camino sin dejar huella”.

Desde aquel atardecer y a no ser por cuando llega algún vendaval, el lago mantiene su calma. Tanto, que en sus aguas se refleja la montaña, fundiendo la paz con la sabiduría en un acto de serenidad acompañada, eterna, interna y divina.

POR DENTRO, LA CALMA

La historia anterior, pensada para ser sencilla, intenta reflejar no solo la imagen de la montaña en las calmas aguas del lago, sino la relación simbiótica entre ambos. Podría decirse que uno es reflejo del otro, el afuera y el adentro, y sin embargo son muchas las veces que pretendemos demostrar algo que no es lo que sucede en la fibra más íntima del alma. Alcanzar la calma interior, apaciguar el lago interno, es parte de un camino que todos podemos tomar. Solo es cuestión de dejar de lado las crisis manufacturadas, las distracciones y el “clima”. Ser consciente de uno mismo en el mismo momento que se está viviendo es también la responsabilidad de conocer la fórmula y, claro, tener la oportunidad de aplicarla.

Si la calma llega desde adentro, es difícil que algo pueda perturbar.

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