Comparte esta nota con tus amigos | La Señal (ciencia y misterios)
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Muchas veces hablamos aquí (y en el programa) de temas que, a simple vista, parecen desconectados. Sin embargo, sea por las sincronicidades, alguna fuerza universal o lo reveladoras que pueden ser las miradas amplias, terminan por conectarse.

Entre esas conexiones veo, muchas veces, hechos que apuntan a un camino bastante oscuro que estamos transitando como colectivo. No hace falta ser fatalista ni agorero cuando los datos de biodiversidad anuncian una nueva extinsión masiva o vemos cómo desaparecen miles de kilómetros diarios de selvas y bosques. Tampoco es difícil comprender que cada acción diaria repercute en el medioambiente (como me dice siempre una persona muy especial y que me representa todo lo bueno que tiene el humano). Ya sea que estemos usando bolsas de nylon para traer las cosas del supermercado o que sigamos alimentando la disparatada industria de los alimentos (valga la redundancia), todo lo que hacemos termina por afectar el único lugar que tenemos para vivir.

Esto, de alguna manera, es patrocinado por corporaciones que muestran una falta de empatía, interés y humanidad que realmente preocupan. Decir que estaríamos mejor sin ellas también es un invento. Seguramente nos las habríamos arreglado para llegar al mismo punto de masa crítica en el que nos encontramos. Y si, seguro no es fácil de ver ahora que los días siguen siendo azules, que escuchamos los pájaros en los arboles y que no nos bajamos de estos automóviles que son como burbujas aisladas de la realidad. Un viejo proverbio decía que para el que camina en sandalias todo el mundo es acolchado. Y también es verdad que nos alienamos en dos factores que tienen una fuerza descomunal: el miedo a no pertenecer y el confort ficticio de una era tecnológica que va tomando un vuelo cada vez más extraño. Si, porque lejos de ser la base de las enormes bibliotecas gratuitas que soñaba Asimov, vienen a ser las herramientas de nuestra estupidez.

Miramos las redes sociales para encontrarnos con la imagen distorsionada de un mundo que quiere mostrarse. Miramos el móvil para saber cómo va a estar el clima pero no miramos al cielo para ver si hay nubes (todos hemos encontrado lluvia en el patio con un sol en la aplicación meteorológica). Pensamos que todo está bien porque este año no se cortó tan seguido el suministro de luz en los meses de verano, pero siquiera se nos ocurre pensar que —no muy lejos— algunos chicos mueren de hambre, otros son asesinados por sus órganos o entregados a redes de prostitución. Por no hablar de la trata de nuestras mujeres, la violencia familiar y tantas otras miserias que, a veces, parecen reinventarse en nuevas expresiones del terror inhumano.

Y qué decir de los animales, de lo que les hacemos a diario. Qué decir de cómo torturamos el planeta gracias a esa nefasta idea implantada que dicta que “todo lo que está aquí ha sido puesto a disposición del hombre”. Y no, no somos los dueños del universo, y tampoco del planeta. Eso habla de un sentido oscuro del ego que va más allá de lo consciente, un reflejo terrible que nos aparta de la humildad que debería provocarnos comprender que somos apenas un estornudo en un mecanismo que tuvo a bien dejarnos existir. Pero insistimos en poner rótulos, nombres, religiones, culpas, deberes… todos equivocados. Todos apuntando a beneficiar (o no) a grupos de personas que por lo general siquiera se enteran que van pisando los cráneos resecos de miles que quedaron en el camino gracias a sus acciones e inacciones.

En el medio, muchos grupos de defensa de derechos humanos pierden el rumbo y defienden al delincuente por sobre las víctimas, los políticos que nos representan son la voz del pueblo seis meses cada cuatro años, las religiones son mal entendidas y separan en odio, en dedos apuntando al otro. Y qué decir de nuestras empresas que compran las voluntades de la ciencia, y qué decir de nosotros los comunicadores que abrimos la boca cuando sabemos que las balas ya viajan hacia otra parte.

TODOS, somos responsables.

Claro, es fácil sentarse tras un ordenador y hablar de todo lo que está mal, sé que estas pensando eso. Pero el hecho de ponerlo en palabras, de decirlo otra vez, quizás ayude a un cambio de consciencia que se me hace infranqueable en la medida de que deseemos seguir por aquí un tiempo más sin destruirlo todo.

En definitiva, ante esta complejidad de las cosas como están se me ocurre que lo primero que tenemos que buscar es la manera de reducir los problemas a sus cuestiones más sencillas. No podemos seguir complicando el mundo con soluciones que acarrean más desastres. Tenemos que frenar el tren de la “evolución” (mal comprendida) y mirar el todo para comprender que en las fibras más elementales de los problemas yacen las respuestas. Esa es una de las maneras de elegir caminos y si vamos a seleccionar lo que queremos para los que vienen, más vale que nos apuremos. Si no lo hacemos, si seguimos como zombies embobados por la moda y el desprecio, por la brutalidad y la apatía, nos encontraremos un día con que esas inundaciones, plagas de virus, hipertormentas y tantas otras calamidades se convierten en lo cotidiano. Casi, como lo que vivimos hoy.

No digo nada nuevo, no se si estamos a tiempo y tampoco es mi intención escribir una entrada apocalíptica, soy solo humano. Lo que sí me queda claro es que nadie va a venir a salvarnos de nosotros mismos. Es hora de asumir la responsabilidad y de actuar en consecuencia. Claro que es mucho más sencillo decirlo, que hacerlo.

A despojarse de lo inservible, la felicidad está en el cambio que nos hace bien.

 

Fernando Silva Hildebrandt.

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