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La ruta nacional nº154 es uno de los puntos neurálgicos del misterio en la zona central de Argentina. OVNIs, apariciones y lugareños aterrados que prefieren no volver a sus viviendas son parte de una relación natural con hechos que se alejan demasiado de lo normal y que, desandando la ruta, ofrecen paso a un verdadero camino de lo inexplicable.

Pocas veces me he sentido tan solitario y acompañado al mismo tiempo como en la Ruta Nacional 154. Aquí se respira calma y no importa donde se mire, la naturaleza mantiene puestos de avanzada en esa suerte de guerra que le hace el hombre y –aunque sea por un rato– uno llega a pensar que es posible encontrar el equilibrio. De hecho, gran parte de la provincia de La Pampa es así: grandes extensiones gobernadas por lo agreste con apenas medio habitante por kilómetro cuadrado.

Ruta Nacional 154, a mitad de camino con el misterio.
Ruta Nacional 154, a mitad de camino con el misterio.

Extendiéndose unos 120km desde el empalme con la ruta nacional 35 y comunicando con la vecina provincia de Rio Negro, la 154 se funde casi en línea recta por entre bosques de caldén y retazos de desierto patagónico. Es un intermedio entre las tierras ricas de la llanura húmeda y esos parajes donde no crece ni el pasto, una de las fronteras –también– entre lo cotidiano y el misterio.

Es en este marco que miles de historias conectan con el lado mágico de la vida, quizás el más primigenio e inquietante, donde las reglas de lo normal se ven diluidas por lo extraño y lo inexplicable. Te invito, en este reportaje, a conocer algunas de las historias y lugares más extraños aquí, donde la oscura noche de lo insólito asecha, impregnada en cada gramo de tierra argenta.

DE PUEBLOS Y FANTASMAS

Las rutas tienen ese “no sé qué” pero aquí el paisaje ayuda a encontrarse con el misterio, de eso no hay dudas. Claro que si se busca un poco, los detalles se convierten en alarmas y los lugares revelan fantasmas. Por eso, como punto de partida de este viaje, vamos a pasear por la ruta hasta una entrada, sobre mano izquierda, en la que encontraremos el acceso a la localidad de Hucal. Un típico camino de tierra rodeado de caldenes y matorrales que lleva directo a uno de los verdaderos pueblos fantasma que ha legado la desaparición del ferrocarril en la década de los noventa.

Mapa de la zona, con la localidad de Hucal destacada a un costado de la Ruta 154.
Mapa de la zona, con la localidad de Hucal destacada a un costado de la Ruta 154.

<<Hay un poco de vida en este abandono>>, me dije la primera vez que estuve allí. La estación de tren y lo que parece haber sido un hotel son parte de lo más destacable en esta localidad olvidada y abandonada hace décadas. Palomas, búhos, perdices, liebres y alimañas varias son la muchedumbre de estos tiempos, mostrando como el planeta reclama lo que no usamos, recubriendo de pasto las veredas o elevando un árbol en medio de lo que antes fuera el comedor diario de una casa.

Aquí, hace apenas unos meses, un grupo de trabajadores de la zona se llevó un buen susto. Mientras recorro el hospedaje abandonado mi mente se transporta a sus glorias pasadas y a sus leyendas actuales: “Fue muy impresionante, nunca más volvemos a ir”, me dijo Raúl, antes de lanzar una sonrisa nerviosa y contarme con detalles los hechos vividos por una cuadrilla de hombres simples que solo buscaban un lugar donde almorzar. “Nos detuvimos en Hucal porque decían que es pintoresco y teníamos que comer y descansar, pero nunca nos imaginamos que íbamos a encontrarnos con eso…”.

Hucal abandonado.
Hucal abandonado.

Sigo recorriendo el hotel. Las ventanas ya sin vidrios dejan pasar una brisa refrescante en medio del calor veraniego y los pisos de madera destacan el sonido de mis pisadas. Entonces vuelvo al relato de Raúl y me pregunto qué tan difícil es confundir el sonido de alguien caminando esos pasillos con otra cosa. “Éramos cinco en total, dos se quedaron comiendo en la estación y nosotros decidimos dar una vuelta para conocer y sacar algunas fotos”, dijo en aquel momento, moviendo el móvil frente a mí. Resulta que habían decidido entrar en el hotel pero uno de ellos se separó unos metros antes para observar una casa lindante. Los dos hombres, seguros de que el tercero (al que llamaremos Sebastián) los seguía, continuaron el recorrido. Fascinados con la arquitectura dejaron de prestar atención al resto por lo que cuando escucharon esos pasos en el piso superior se dijeron que serían ellos. Así, continuaron el recorrido, conjeturando acerca de qué habría sido de la gente y escuchando a sus “compañeros” transitar los pasillos. En cierto momento, decidieron que ya era hora de reunirse: “Los llamamos, por los pasos pensamos que estaban ahí, muy cerca”, pero nadie respondió. Raúl y su amigo fueron hasta el segundo piso y revisaron las habitaciones. Ahora no solo escuchaban pasos, sino también algunos golpes un tanto violentos: “Pedí en voz alta que no rompan nada, aunque me pareció extraño que mis amigos se comportaran de esa manera. De todos modos, tampoco obtuvimos respuesta más que las pisadas, que ahora parecían correr en el mismo piso en el que estábamos, apenas a unos metros de la habitación a la que habíamos entrado”. Raúl y su compañero salieron con prisa y se internaron en el pasillo oscuro y ruinoso que acabo de transitar antes de escribir estas líneas. No vieron a nadie, pero suponían que les estaban tratando de gastar una broma, por lo que se dirigieron hacia la fuente de los sonidos, allí donde terminan las puertas de las habitaciones y se abre un hall que comunica con dos escaleras y un gran ventanal.

“No sé cómo explicar lo que sentimos, pero todavía se me pone la piel de gallina. Cuando llegamos al ventanal encontramos a nuestros compañeros… pero no estaban donde pensamos que estarían”. De hecho, Raúl me dijo que Sebastián y los otros dos trabajadores restantes siquiera se encontraban en el edificio. Desde el ventanal podían verlos, apoyados en la camioneta en la que habían llegado a Hucal, a varias cuadras de distancia del hotel.

No había manera de que hubieran hecho todo el trayecto en segundos, por lo que Raúl y su amigo decidieron tomar una de las escaleras y salir de allí lo más rápido posible: “No sé qué pasó, pero no fue normal y no vuelvo a ir nunca más a ese pueblo”, recuerdo que repitió entre risas nerviosas.

Monte de Calden típico en la zona.
Monte de Calden típico en la zona.

LUCES EN EL MONTE

No muy lejos de Hucal –en todas partes en realidad–, el monte de caldenes se extiende en manchones que vuelven aún más impenetrable y misterioso el paisaje. De ramas retorcidas y envueltas en espinas, estos árboles dan una idea de lo complejo de la vida diaria, de la esencia misma de lo que sucede tras los rostros de los lugareños, cincelados por el sol y el viento patagónico. Y es entre esos bosques cerrados que las luminarias sorprenden hoy a los trabajadores y hombres de campo, como lo hicieran antes a los indios mapuches.

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“Este video es para Fernando ¡que material te conseguí!”, escucho que dice Luciano Tarquini, trabajador de la zona, en un documento que me acerca una mañana. “Lo vimos anoche mientras volvíamos al campamento de trabajo, sobre el kilómetro 39 de la ruta”, me dice con una sonrisa de oreja a oreja. En el video, filmado con un móvil de cámara apenas básica, se puede ver una luminaria que desprende un resplandor –al menos– importante. Para ser una estrella, pienso, debería haber sido más grande que la luna… es que esos móviles no pueden captar nada más pequeño que eso en el cielo nocturno.

El paisaje presenta también grandes extensiones desérticas.
El paisaje presenta también grandes extensiones desérticas.

“Íbamos de norte a sur, con la camioneta del trabajo, cuando vimos la luz hacia el este y casi sobre el horizonte. Nos habían informado de animales sueltos en la ruta por eso estábamos ahí a esa hora, es un peligro para los conductores”, agrega aclarándome que eso brillaba con un tono algo anaranjado. Luciano sabe de mis búsquedas, como muchos por aquí, así que lo noto más emocionado por poder colaborar que por el evento en sí. Es que, como veremos en las próximas líneas, los lugareños ya toman estas cosas como algo común y, lejos de alarmarse, observan o esquivan las luminarias, dependiendo de lo que estén haciendo en ese momento.

Si, dije lugareños, porque claro que no es el único caso. Daniel, otro compañero de Luciano, pudo observar una luminaria “grande y azul” a escasos metros del campamento en el que pasan sus semanas, y fue solo unos meses atrás: “Bien temprano a la mañana, me levanté para preparar el desayuno y vi esa luz, todavía no había amanecido y flotaba del otro lado de la ruta, en diagonal a la casa en la que me encontraba”. Dice que se veía suspendida y en perfecto silencio, que se mantuvo unos minutos en el mismo lugar y luego marchó a toda velocidad sobre el monte de caldenes, aunque “podría jurar” que aterrizó a unos kilómetros al oeste de la posición inicial. “Un plato volador” lanza Daniel con la convicción del que piensa que ha sido testigo de algo realmente extraño aunque dentro de lo usual en la zona.

Sucede que no se trata de las primeras luminarias observadas por los empleados del ente que controla y mantiene las rutas federales. Casi todos coinciden en destacar lo activo del lugar en estos temas y señalan la aparición de esferas más o menos grandes, de distintos colores que van desde el azul o naranja hasta el rojo y el verde, cuando no se trata de algo “multicolor y fascinante”, como me dice un ex jefe de equipo.

No tengo razones para descreer de un grupo tan heterogéneo de personas que, despreocupados por la actualidad de los informes, no hacen más que referenciar involuntariamente las antiguas historias de los indios lugareños, sin apenas saber nada de las tribus que se asentaron y desandaron aquellas zonas antes de la conquista y la campaña del desierto dirigida por el general Julio Argentino Roca, en los últimos años del Siglo XIX. Un reportaje aparte merece el decálogo de leyendas de los pueblos originarios, pero me es necesario destacar que incluso hoy, los herederos del pueblo mapuche hablan sin problemas de esas luces que clasifican según el color en “malas”, “buenas” o simplemente “inofensivas”.

ALGO MÁS QUE LUMINARIAS

Omar Beierbach es un hombre amable y cálido, de modos simples y hospitalarios, se le nota eso de haber pasado su vida en los campos pampeanos. Como Ingeniero Agrónomo, ha dedicado décadas al trabajo con los productores de la zona lindante a la Ruta Nacional 154 y, ya retirado, revela con un brillo especial en la mirada cuanto extraña caminar esos inmensos pedazos de nada. “El primer plato volador lo vi en el año 1956, en el paraje La Araña”, nos comenta, sumando casos a otra zona pampeana rica en avistamientos OVNI. Dice que ese fue el primer momento en el que tuvo contacto con una realidad que lo acompañaría toda la vida, siempre entre tranqueras, silos de granos y gauchos.

“Pero el que más me llamó la atención ocurrió en la zona de Cuchillo-Co”, dice, haciendo referencia a una localidad muy cercana a la 154 y a la que se llega casi exclusivamente por una ruta de tierra que nace desde nuestra carretera y que se vuelve intransitable en las raras ocasiones en que el cielo se cubre y suelta algunas gotas de agua. Con su voz dulce y aflautada me dice que sucedió sobre la una y media de la madrugada: “Me levanté y vi venir de frente cuatro luces pequeñas que formaban un rectángulo que giraba en medio de la oscuridad”. Omar, alarmado, despertó a su hermano para ver lo que define como un “espectáculo”. Aquello, lo que fuera, se acercaba a no más de diez metros de altura y se desplazaba a unos veinte kilómetros por hora, lo que les permitió una buena visión.

Omar narrando su historia en la zona de Cuchillo-Co.
Omar narrando su historia en la zona de Cuchillo-Co.

“Era una máquina que volaba, sin ruedas ni alas, con cuatro a seis ventanitas en la parte superior y una puerta en la inferior, que era el sector que más brillaba”, detalla, antes de agregar que por lo que alcanzaban a distinguir, el aparato tenía un color marrón oscuro. Algo que me llama la atención es que entre tanto silencio atribuido a los objetos voladores no identificados, aquello hacía ruido: “Mucho ruido, sí, pero no tenía una sola rueda, no tenía alas, era algo que iba marchando con un ruido impresionante… para mí tenían problemas de motor” dice y reímos un poco considerando las implicaciones de la reflexión. Omar destaca también la presencia de grabados a los costados de lo que él consideraba que sería la “cabina” del ingenio volante que siguió su misterioso camino, de este a oeste, frente a la incrédula mirada de la pareja de hermanos.

Mientras escribo este reportaje, en medio de la noche y el campo, pienso en lo curioso de todos estos hechos, en cómo personas acostumbradas a la dura vida de la zona, guardan una tranquila capacidad para el asombro frente a lo insólito. Es como si el misterio los pusiera a prueba y al mismo tiempo les gastara una broma. Quizás alguien como usted o como yo, poco versados en la vida campesina, podamos vernos sorprendidos por la llegada de un tractor en medio de la madrugada, pero estos hombres, con décadas de vida rural en las arrugas, difícilmente se vean asombrados por algo usual como los sonidos de algún gran roedor o las luces de la maquinaria rural, menos si pueden observar la secuencia a escasos cuarenta metros. Para completar, este rectángulo de cúpula redondeada, se tomó un buen tiempo para desfilar en su presencia y desaparecer en unos pajonales. Incluso en aquel momento y a la distancia, comenta Omar, podía escucharse el estruendo de los motores que agitaban la noche con la violencia de un trueno veraniego, pero constante.

Cuchillo-Co en el mapa, cerca de la Ruta 154.
Cuchillo-Co en el mapa, cerca de la Ruta 154.

Me pregunto cómo hacen estas personas para dormir después de todo aquello. No es la primera vez que me asalta el interrogante por lo que se lo transmito y Omar me reconoce que tuvo miedo, el suficiente como para trancar con llave la puerta de la casilla que compartía en tiempos laborales con su hermano. Y sin embargo se acostaron, escuchando aún ese sonido inclasificable y aterrador, merodeando en la zona.

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Otro caso de esos que dejan sin aliento me llega de un testigo al que llamaremos Julio. También en la zona de Cuchillo-Co, este ciclista profesional se vio sorprendido por lo insólito evento, esta vez sobre el camino de tierra del que hablamos antes: “Veníamos del pueblo en un colectivo con destino a la Capital cuando llegando a la Ruta Nacional 154 tuvimos un pinchazo”, comienza la historia Ariel. “Varios fuimos los que intentamos ayudar con el cambio del neumático, en medio de la noche. Los choferes contaban apenas con una pequeña linterna así que estaban las luces bajas del colectivo, entonces se nos iluminó todo” resalta el testigo con un dejo de emoción que conmueve.

Son, como dijimos, muchos los casos que se pueden replicar en los expuestos. Supuestas casillas voladoras que surcan la noche impenetrable envueltas en luces increíbles, “carpas de circo” emplazadas en medio del desierto o enormes vehículos voladores que esperan tras la vuelta de un camino vecinal son parte de una actividad que, lejos de detenerse, parece establecida y constante. Y Julio pasó, aquella noche de 2014, a engrosar el listado de datos y casos que siguen llegando hasta mi escritorio: “Esto no me lo voy a olvidar porque al rato de que se nos hiciera de día en medio de la noche, una luz se encendió del lado norte del camino. Entonces se elevó y se mantuvo unos diez segundos ahí, hasta que nos pasó por encima con dirección sur, para el lado de Rio Colorado”. El testigo agrega que un rato más tarde otro objeto se elevó del mismo lugar para seguir el recorrido del primero. Todos los presentes, todo el pasaje del colectivo vio aquello inundando de exclamaciones la noche y, para cuando no esperaban nada más, un tercer ingenio apareció en la misma locación, dirigiéndose esta vez hacia el norte.

“Son luces… no sé cómo explicarle, que no iluminan. No encandilan, no, es como una luz interna y los colores pasan del rojo al amarillo, también azul. Era precioso, yo en mi vida vi algo así”, agrega Julio incluso más emocionado. Puedo ver, incluso, que se frota las manos en los pantalones y revuelve el mate con la bombilla siendo que hace unos minutos me habló de lo mucho que le molesta la gente que hace justamente eso. Será que los recuerdos le ganan las actitudes, será que su mirada fija se hace trasparente, al mostrar un poco de magia y un poco de horror.

MUTILADOS POR LA REALIDAD

Otra de las realidades que se conjugan en torno a la Ruta Nacional 154 es la de las famosas Mutilaciones de Ganado. Por años, y desde mucho antes del boom mediático de principios de la década del 2000, los productores locales se han encontrado con animales muertos, en extrañas circunstancias, que parecen haber sido “soltados desde lo alto” y muertos a manos de extraños cirujanos con equipos portátiles de última generación.

Diario-MutilacionLo cierto es que las mutilaciones nunca se detuvieron y es algo ya normal encontrarse con reportes de animales muertos envueltos en este halo de misterio que incluye la falta de sangre y signos de depredadores, así como de pelea o movimientos espasmódicos. Otros de los signos inconfundibles son los cortes quirúrgicos de sectores que, a priori, son absolutamente inútiles para quien mata un bovino en busca de sus carnes. La falta de la carne de la quijada, ojos, genitales, agujeros perfectos sacando bocados del cuerpo, son algunos de los rastros inconfundibles de una mutilación clásica. Otro dato no menor, es que ni carroñeros ni depredadores se acercan a los cadáveres. Por último, muchos son los casos en los que se conecta de manera directa el evento de la mutilación con esas extrañas luminarias que no dejan de surcar los cielos locales. Pero esto ya es tema de otro reportaje.

EL CAMINO DEL MISTERIO

Transitar estos kilómetros es llegar cerca del misterio, hermanarse con realidades que escapan al vértigo de la vida citadina y a los grises de lo cotidiano. Ese misterio que vive también en las enormes soledades de La Pampa y la Patagonia toda, en cada liebre Mara, en cada planta de pasto Puna, en cada espina de Caldén, en cada tronco verde de Chañar. Estar aquí, una mañana cualquiera, es también entrar en la vibración de la naturaleza en su más simple esplendor y hacer comunión con lo crudo y real del tiempo, que engaña al decir que se nos pasa.

Una postal clásica de la zona.
Una postal clásica de la zona.

Mi búsqueda, que no es rápida pero tampoco se detiene, está hermanada con la necesidad de comprobar o refutar un par de cosas, pero también con el compromiso de encontrar respuestas para quienes ven que la vida les cambia en un segundo, sin saber bien cómo ni porqué. Claro que no podemos negar que la provincia de La Pampa, junto con otras en todo el territorio argentino, es uno de los puntos neurálgicos del misterio, todo el tiempo. Y si aceptamos esto como base, podemos conjeturar sobre los motivos y procedencias. Cuando me preguntan, usualmente reconozco que pienso que estamos hablando de vehículos y seres foráneos, de expresiones que también cruzan de dimensión para aparecerse como la incompleta manzana del genial Carl Sagan. Estamos hablando de lo insólito, de eventos tan extraños que resisten toda explicación convencional. Se me ocurre que es muy probable que cerca de este, como de otros parajes donde el misterio acosa, se encuentren emplazados los lugares donde estos visitantes, vengan de aquí o allá, cuelgan el sombrero.

Quizás, estemos frente a algo que no comprendemos, algo que sabemos muy bien que existe y es tan real como una vaca pastando junto a la ruta. O, tal vez, tengamos una punta en la interpretación de lo esquivo de los movimientos, de lo furtivo de las actitudes. De hecho, mentiría si digo que aquí no pasa nada. Yo mismo he sido testigo de los avances de esas enigmáticas luminarias en la noche… varias noches como esta, en la que miro por la ventana de mi coche y de lo poco que llego a distinguir, los alambrados y el recorte de los caldenes bajo la luna son los pocos puntos distinguibles. Después nada. Solo negrura infinita, el sonido del viento y la certeza de que en cualquier momento, en algún lugar de la 154, el misterio volverá a arrancar a alguien de lo cotidiano, para regalarle un recuerdo envuelto en magia, miedo y fascinación.

 

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