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No escribo estas líneas como desahogo intelectual, sino como percepción en estos últimos tiempos de una señal, que llega a mi conciencia, cada vez más fuerte, más nítida y más sentida. Tenemos la libertad de las acciones, mas no de las consecuencias. Somos dueños de sembrar alegría o dolor en nuestro camino, pero no de alterar el orden evolutivo de la vida.

Si alteramos el orden, una reacción restablecerá ese orden. Lo vemos y padecemos por doquier.

Ignoramos que existe un orden interno y universal, un refugio ético o si se prefiere, moral, que regula nuestra propia realidad y también la vida social. Sin embargo, esta ahí, independiente de nosotros, lo veamos o no.

Vivimos un mundo de prevalencia económica, en donde el privilegio está sentado sobre una finalidad egoísta, expresión del interés personal por sobre el colectivo. La riqueza nos domina, y no al revés, donde la riqueza debiera dominar la inequidad, la injusticia.

Empecinadamente, nos comportamos como esclavos de ese mandato o matriz histórico-cultural, pero.. no estamos condenados. Es más, el cambio, el proceso de transformación, es ley de evolución universal.

Por agotamiento del sistema, hoy nuestra inserción en el tejido social va apuntando a lo solidario, y para ello, la necesidad que es el motor de todos los procesos de cambio, nos enfrentará con la crisis que nos empuje a superar este arcaico paradigma del “sálvese quien puede”, o su versión mejorada “te doy para que me des”.

La finalidad de la futura tarea, deberá estar orientada a fructificar el organismo social, y no el provecho aislado y egoísta.

El nuevo desafío, estará basado en no dar al necesitado lo superfluo de nuestras riquezas, sino llegar hasta él en su dolor, poder empatizar, ponernos en sus zapatos, ser con él.

El cambio, la crisis, la necesidad, apuntan, más tarde o más temprano, a que se establezca, de una vez y para siempre, este orden ético o moral, expresión de la victoria de lo bueno, lo noble, lo sabio y justo, por sobre la conquista sobre la base del poder, de la riqueza, la astucia de los egoísmos.

La estructura del darwinismo social, se asienta sobre las bases del poder de la fuerza, pero esto nos coloca en mismo nivel que la bestia, el bruto, el violador, el abusador.

El poder de la fuerza, en cualquiera de sus manifestaciones, es violencia, -siempre-.

Este paradigma de nuestra civilización de tercer milenio, basado en conciencia y razón, justicia y bondad, está dando sus primeros pasos. Aquí y allá chispea el fuego ardoroso del psiquismo social en búsqueda de respuestas ciertas, sencillas, resumen de todas las edades. Verdades que siempre han estado allí y que requieren ser sintetizadas en una dialéctica perfecta.

El individuo, sin dejar de ser tal, se enraiza en un ser social, una suerte de organismo mayor que lo nuclea y contiene, con quien establece una alianza saludable de proyección ascendente.

No existe mayor impulsor de cambio que la necesidad, y ésta, es observable en todas direcciones.

A nivel planetario, ecología, pobreza, hambre, salud, educación, entre otros, “necesitan” un proceso transformador, una orientación adecuada que responda fácticamente, -en lo concreto-, a la resolución de este aquí y ahora que conforma nuestro presente con estructura perimida.

Se hace imprescindible, la construcción en vísperas del diluvio social -consecuencia de nuestro histórico desaprensivo-, de un arca de valores de una multiplicidad de distintas especies, que rescate lo mejor del ser humano, en una unidad conceptual y práctica.

Como supervivencia….. ya nadie se salva solo o aislado.

El cambio es ahora.

Sólo depende de nosotros.

El proceso nos necesita.

Vayamos juntos.

La Señal está ahí.

Miguel Angel Pumilla

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