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Uno de los animales domésticos que se encuentra desde hace milenios en contacto con la gente, es el caballo. Presente en la mayoría de las sangrientas batallas y trabajando en los pacíficos campos, domados en espectáculos televisivos, o naciendo y teniendo una vida tranquila ya sea en estado salvaje o criados en granjas sin tener demasiado para hacer, es protagonista indiscutible en estatuas, escudos, libros, rodeos, arreos, hurtos, además de ser un protagonista importante en el simbolismo e imaginario humano. A diferencia de sus compañeros porcinos, ovinos y caprinos, a los que se los usa como alimento o vestimenta (esclavitud), el caballo es símbolo de guerra, acción, movimiento (poder), y costado mágico y en bruto del ser humano. Su herradura, cuando tiene siete clavos, da buena suerte. Según una leyenda árabe, fue creado por Dios en respuesta al reclamo de un beduino en cuanto a su pueblo solo le había sido dado el desierto. Se dice que tiene poderes extrasensoriales y que detecta a las personas con dotes extrasensoriales, aunque también a las alimañas sobrenaturales; en la Europa Medieval, se lo usaba para detectar supuestos vampiros. Vale decir que mucho más atrás en el tiempo, fueron de los primeros seres representados en las pinturas rupestres. En el plano mítico se lo consideraba un ser relacionado con la tierra, el fuego y el agua, y también cercano a los dominios de la muerte, esto en los pueblos indoeuropeos. En la Antigua Roma, los equinos eran consagrados al dios Marte, patrono de la guerra, y en las creencias griegas, los centauros, al ser mitad hombre y mitad caballo, representaban los instintos humanos descontrolados.

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Alrededor del mundo mítico tenemos varias criaturas fantásticas con forma de corcel. A la cabeza están los conocidísimos unicornios, de color  blanco, barba de chivo, patas de antilope y con un cuerno en medio de la frente, protagonistas de varias leyendas y cuentos de hadas. Se contaba que eran solitarios y que solo los puros de corazón podían verlos. Marco Polo afirmó haber visto uno, pero por lo que contó, se piensa que solo era un rinoceronte (cuando no las criaturas reales rompiendo ilusiones). El segundo caballo más conocido es Pegaso, el caballo mítico volador por excelencia, al parecer nacido de la sangre de la monstruosa Medusa cuando Perseo le cortó la cabeza. Los griegos creían que su dios marino Poseidón, además de algunos otros bichos, también había creado a los caballos, y que su carro era tirado por hipocampos, un poco más interesantes que los actuales caballitos de mar, porque constaban de un caballo en tamaño real con la parte inferior de pez. En su mitología (y la romana) abundaban los equinos, por ejemplo; la diosa Eos, de la aurora, tenía cuatro caballos, el dios Helios también, el dios Apolo era propietario de dos, todos ellos con colas y crines ígneas, de colores muy brillantes, en tanto que Hades, patrono del Inframundo, tiene cabalgaduras escamosas y negras, que cuentan con una cola dentada y escupen fuego. El equino quizás más destacable de la mitología nordica se llama Sleipnir, y no solo por ser el caballo del dios padre Odin, sino por las circunstancias de su nacimiento; fue fruto de que el caballo de un gigante violara al dios Loki, que se había convertido en yegua para distraerlo. De esa circunstancia bastante peculiar nació Sleipnir, uno de los caballos míticos más rápido, pues contaba con ocho patas. En los alrededores de la isla de Chiloe, en Chile, supuestamente abundan los caballos marinos, versión sudamericana de los hipocampos, pero con el hocico más fino y las cuatro patas en forma de aletas, y de tamaños variados. Solo pueden ser vistos por los brujos chilotes, quienes suelen usarlos de cabalgaduras para llegar al barco fantasma caleuche. En los textos chinos se hace referencia al chollima, la versión oriental de Pegaso, un caballo alado tan rápido que ninguna persona puede montarlo, al viajar cerca mil millas por día. Claro que, como todas las cosas, tienen un lado oscuro. Más allá de ser las monturas de los cuatro ángeles del Apocalipsis en las creencias cristianas, hay varios caballos que se portan mal. Así pues, en las historias dinamarquesas nos encontramos con el helhest, un caballo de tres patas relacionado con el reino de los muertos, cuyo relincho escuchado anunciaba los accidentes, la enfermedad, y la muerte. En Escocia están los malévolos espíritus de las aguas llamados kelpies black-winged-horse (Small)y each-uisge, que toman forma de caballo y devoran humanos. En ambos casos, estos monstruos sobrenaturales pueden ser vencidos por los humanos y hasta usados para labores pesadas utilizando su gran fuerza. En las leyendas chinas, el Inframundo tiene dos guardianes terroríficos, uno llamado Cara de buey, y el otro, que es el que nos interesa, Cara de Caballo (ya los mismos nombres los describen). Mucho más en la actualidad, y ya situándonos en el filo de la criptozoología, en Norteamérica encontramos al demonio de Jersey, un bípedo volador con alas membranosas, ojos rojos y cabeza de caballo. Bajando hacia Argentina, en la provincia de Santiago del Estero se cree en el almamula, el alma de una mujer convertida en mula por el pecado de incesto, que va resoplando fuego, gritando de dolor por las cadenas que arrastra, y dándole una patada mortal a quienes se le acercan.

Viendo todo lo que se ha desarrollado en torno a él, puede decirse que el caballo ha invadido a la humanidad en varios escalones; está relacionado con la vida, la nobleza, la potencia, el sexo, la victoria, y esas cosas egocéntricas de los humanos, cosa que ya se ha visto cuando se lo convirtió en los ya nombrados centauros. Junto con el perro, ha sido un colaborador para el desarrollo de la humanidad. Es por eso que el periodista y escritor Mario Mactas, dice en su libro Monologos Rabiosos: “Un decreto autoriza la cría de caballos para vender la carne. No es mal argumento para un poema de tinieblas.”

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