Comparte esta nota con tus amigos | La Señal (ciencia y misterios)
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Ya se ha dicho que los hábitos de los dioses han tenido gran correspondencia con los de las personas, para que estas pudieran identificarse con ellos y los respeten más. Como era de esperarse, para tenerlos un poco más atrapados y/o presentes, sus fieles les imaginaron o asignaron moradas (el Asgard de los dioses nórdicos en el primer caso, y en el segundo, el monte Olimpo en Grecia, hogar de la mayoría de sus divinidades), y hasta se las construyeron, ya sea en forma de grandes templos, como el del dios sumerio Anu en la ciudad de Uruk, o en el caso de los nómadas, trasladándolos en tiendas de campaña, tal el caso de los israelitas que marcharon con Moises. Toda religión parece necesitar de un centro físico o espiritual para situar a sus jefes, claro, queda muy informal tener a los dioses desparramados como pañales de bebé. Tal vez la primera vivienda que los hombres imaginaron para los dioses estaba en el cielo, consecuencia de ver el Sol, la Luna y las estrellas. Cada uno de esos puntitos luminosos eran seres superiores que estaban mirando, en tanto que la estrella del día y la cosa blanca de la noche vivían moviéndose. Para saber en que otros lados residían, hay que darse una vuelta por los barrios divinos.

El reino de los muertos, la morada de Hades.
El reino de los muertos, la morada de Hades.

Las viviendas divinas no suelen ser un dos ambientes con baño y patio, sino que suelen ser imponentes y dominan regiones completas, sea en este mundo, o en otros. Los griegos se sentían observados desde el ya citado monte Olimpo (en español vendría a significar “lo más alto entre lo alto”) y creían que ahí había regias mansiones de cristal habitadas por sus divinidades. No siempre fueron los mismos, pues con el tiempo algunos fueron reemplazados, y no todos estaban ahí, porque, por ejemplo, Hades no era bien recibido ahí, y residía en los infiernos, y a la hogareña Hestia no le gustaba vivir entre tanto lujo. Los dioses aztecas vivían repartidos en trece cielos creados a partir de la cabeza de Cipactli, una monstruosa criatura cocodrilo-pez que era la única que existía en el comienzo de los tiempos. Las creencias nórdicas establecían que la mayor parte de los dioses residía en el Asgard, una de las ramas del Árbol del Universo, el Yggdrasil, donde también estaba el Valhalla, donde iban a parar todos los guerreros caídos en combate, y el Gladheim, el castillo del dios mayor, Odin. La morada del ya nombrado Anu era un castillo en los cielos, cuyas puertas eran custodiadas por un dios del Árbol de la Verdad, y un dios del Árbol de la vida, y a donde iban los dioses cuando necesitaban favores personales o consejos, igual que todos los parientes. En varias partes de la Argentina, la Pachamama no era como que vivía en todos los lugares, era todos los lugares, aunque sabía manifestarse en las corrientes de agua. Se podía dialogar con ella permanentemente para pedirle permiso para algo, favores, o para ofrendarle cosas. En el cristianismo tenemos una curiosa contradicción. Tenemos el Paraíso, al que todos los buenos van, donde vive Dios y están todas las glorias del espíritu, toda la paz, la felicidad, y demás batracios, pero nadie sabe a ciencia cierta como es, ni que clase de vivienda tiene el Ser Supremo. En el otro lado está el Infierno, el dominio del Diablo, al lugar sin retorno en el cual caen todos los pecadores, del cual se sabe hasta el nombre de su palacio. El Pandemonium es una gran fortaleza desde la cual puede verse todo el Averno, pero también puede considerarse como algo viviente, pues a una orden de su propietario cambia su arquitectura, desaparecen puertas, aparecen escaleras… digamos que es en balde tener un plano.

Templo de Poseidón, por Gutsberserk
Templo de Poseidón, por Gutsberserk

Sin embargo, no todos los dioses vivían juntos, por ejemplo la diosa Hela, también de las creencias nórdicas, vivía bajo una de las raíces del Árbol, en el Helheim, uno de los tantos lugares donde iba a parar la gente muerta. El griego Poseidón y su par romano Neptuno eran los patronos de los mares, y tenían sus respectivos castillos en el fondo de los mismos. El también griego Eolo, patrono de los vientos -o al menos uno de ellos, ya que hay versiones de tres personajes divinos llamados de la misma manera pero de diferentes padres- vivía en la isla de Eolia, donde una vez llegó el héroe Ulises en su periplo a su patria. El dios le regaló un odre con vientos para ayudarlo a llegar mas pronto a su destino, pero sus compañeros de viaje, codiciando los posibles tesoros que había adentro, lo abrieron a escondidas, y todo el viento se fue al demonio. La diosa egipcia Isis vivía en la estrella Sothis, parte de la constelación de Orión, y la diosa china Chang’e era la patrona de la Luna, pero a diferencia de otros sobrenaturales, ella no era la Luna, simplemente vivía ahí, a consecuencia de un accidente. Según versiones, ella tenía que tomar la mitad de una pastilla inmortalizadora, y por los nervios se la tragó entera. La sobredosis hizo que flotara hasta la Luna, donde se quedó a vivir, en compañía de un conejo de jade que preparaba elixires de vida y de un leñador llamado Wu Gang, condenado a hachar un árbol lunar que se curaba de todos los hachazos. Al menos tuvo más suerte que dioses lunares y solares de otras cosmogonías, condenados a perseguirse entre sí eternamente sin descanso, sin tener una morada donde quedarse.

Muchas personas pasan toda la vida en sus casas, nacen, crecen y mueren ahí, muchas otras ni casa tienen y viven vagando, otro porcentaje se la pasa mudándose, y hay varios que mueren, dejando sus viviendas libradas a su suerte. Da melancolía suponer, con todas las mitologías que hubo y en las que ya nadie cree, que habrá sido de esas mansiones vacías. El Asgard debe estar en ruinas, convertido en la guarida de dragones de hielo. Los desalojados dioses egipcios deben ver con nostalgia como El Cairo está a punto de tragarse las grandes pirámides. Los grandes edificios del Olimpo, derruidos y llenos de vegetación. Los antiguos ladrillos de moradas divinas de toda índole, repartidos en edificios alrededor del mundo, o tirados en un terreno baldío sin nadie que les preste atención, enterrándose y descomponiéndose inexorablemente…

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