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Los antiguos se vieron en la necesidad de ver su vida reflejada en sus jefes divinos, como una manera de identificarse con ellos y poder obedecerlos. Según los relatos que han llegado hasta nuestros días, las viejas deidades eran proclives a tener mucho contacto social, demasiado contacto social si los comparamos con los dioses de la actualidad. Se engañaban entre ellas, salían al paso de los caminos e interactuaban con la gente común y/o los héroes de la mitología que fuera, y en varias ocasiones, tenían relaciones sexuales entre ellas y con las personas de medio pelo, lo cual hace pensar como sería eso, ya que supuesta y generalmente, los dioses son espíritus muy poderosos, pero solo eso, espíritus, por lo cual no deberían estar sujetos a las pasiones carnales. De todas maneras, de estas relaciones a veces salían hijos.

Heracles
Heracles

La descendencia de los dioses puede tomar dos rutas; divina y mortal, y las dos suelen ser complejas. En el caso de los hijos divinos, no suelen abundar los relatos de diosas embarazadas, sino más bien de sus partos (es difícil imaginarse cómo serían los antojos o los cambios de humor), y eso cuando los tienen, porque en varios casos los dioses brotan de los lugares menos pensados tal como moscas naciendo de la carne podrida mediante generación espontanea. La diosa griega Afrodita nació de la espuma del mar. Según algunas versiones, el dios hindú Brahmā brotó de una flor de loto que flotaba en el océano del ombligo del dios supremo Vishnú. El dios chino Xiè fue concebido luego de que su madre se tragase por descuido un huevo multicolor dejado por un pájaro negro. Los hijos mortales eran llamados semidioses por obvias razones, solían nacer de seducción engañosa y/o violaciones (tipo abducción extraterrestre), tenían habilidades especiales (tipo X-Men, pero sin genes de por medio), eran humanos, aunque de vez en cuando alguna divinidad dejaba embarazada a alguna ninfa, y solían contactarse con las deidades de manera más directa que el  común de la gente, cosa absolutamente de esperarse al ser cruza con ellas. En los mitos griegos es donde hay mayor cantidad de ellos, y el más conocido de ellos es Hercules o Heracles, hijo de Zeus y de la reina Alcmena. A Hera, siendo como era su esposa oficial, ese hecho como que no le terminó de caer en gracia, así  que primero trató de que no naciera, y luego le puso dos serpientes sobre la cuna, que el bebe estranguló sin ningún esfuerzo. Hercules es el prototipo del héroe griego por excelencia, hijo del Dios Supremo, valiente, hábil y extraordinariamente fuerte. Por alguna razón (patriarcado) no existía casi ninguna semidiosa. Podía haber divinidades femeninas muy  poderosas, pero hijas humanas de dioses, muy pocas, y siempre eran reinas, no heroínas. Las mujeres siempre estaban para ser seducidas o salvadas, con honrosas excepciones. También hay casos de paternidades raras; el dios nórdico Loki dio a luz al caballo Sleipnir, la cabalgadura de Odin, luego de que fue violado por el caballo de un gigante mientras estaba convertido en yegua.

Las relaciones fraternas en las mitologías tienden a ser absolutamente complicadas, buenas y muy malas. Ser hijo o padre de alguien no significa obstáculo para ser amigo, enemigo, o amante. Muchas veces las interacciones eran comunes, pacíficas e inofensivas, pero otras ocasiones, se iba la armonía, más que nada entre dioses padres y dioses hijos. El dios Cronos devoraba a sus hijos (símbolo del tiempo que arrasa con todo) para que no le usurpasen el poder, más su esposa, cansada de presenciar ese espectáculo, sustituyó a uno de ellos por una piedra. Fue así como Zeus llegó a grande, combatió contra su padre, liberó a sus hermanos aprisionados en el vientre paterno, y se acostó con su madre. Su esposa Hera, a su tiempo, cuando tuvo al dios Hefaistos, no le gustó porque era muy feo y  lo lanzó al abismo. Los dioses africanos no se quedaban detrás porque Orugá, el Mediador entre el Cielo y la Tierra, raptó e intentó violar a su propia progenitora, y esta murió mientras huía.

Cabe destacar que los hijos mortales de los dioses eran eso mismo, mortales, y tarde o temprano llegaban a su fin, a veces de vejez, a veces por accidente, a veces por asesinato, y a veces como castigo, tal como sucedió con el griego Faeton, hijo del dios Helios, el Sol (más tarde identificado con el dios Apolo) y de la ninfa Climene. Una vez Faeton robó el carro solar de su padre para hacer su recorrido, perdió el control de los caballos y casi chocó contra la tierra, pero Zeus evitó la catástrofe desviando el carro con un rayo, y Faetón murió ahogado. Distinto final tuvo Hercules (a su vez bisnieto de Perseo, otro hijo de Zeus), que se inmoló en una pira por vestir una ropa envenenada con sangre de centauro. Los dioses nórdicos eran mortales, poderosos pero mortales, y evitaban envejecer comiendo las manzanas de Idunn, pero a Balder, el segundo hijo de Odin, esas frutas no lo salvaron de una flecha hecha de muérdago, el único material que podía matarlo. Incluso hubo crímenes entre hermanos, por ejemplo, Romulo y Remo, que eran hijos del dios romano Marte y de la mortal Rea Silvia. Romulo mató a su hermano gemelo porque este osó pasar por encima de los límites recién dibujados de Roma. Romulo, según la leyenda, fue el primer mandatario de Roma, y tuvo larga descendencia, aunque hay pocas evidencias históricas de su existencia. Del otro lado está Jesucristo, quizás el hijo divino que directa o indirectamente tuvo muchísima influencia en la historia. Según la historia aceptada, no tuvo descendencia, aunque mirándolo de forma suspicaz, podría sospecharse que de haberla tenido, los jerarcas de la iglesia primitiva lo hubieran ocultado para diferenciarse de las otras creencias.

Mario Martín

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