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No me quejo, hace años que esperaba que la fenomenología OVNI recupere su importancia, pero cuando los OVNIs te persiguen por todas partes, es momento de detenerse y mirar a los humanos.

Como productor de contenidos es siempre interesante buscar nuevas fronteras y llevar los temas básicos un poco más allá. Por no hablar de que es genial salir de ellos y enfrentar nuevos desafíos. Sin embargo, viendo las métricas de audiencia de los programas de La Señal (ciencia y misterios), queda claro que la fenomenología OVNI es la más valorada (a la hora de proponer contenidos) por el grueso de la audiencia.

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Cuando los OVNIs te persiguen...
Cuando los OVNIs te persiguen…

Esto, que no está ni bien ni mal, es un tópico que me mantiene en una dualidad constante: ¿seguimos hablando de este tema o lo dejamos de lado para meternos con otros, igual de interesantes?

Lo dicho, suelo variar las temáticas centrales de los programas porque sino, sencillamente, me aburro. Sobre todo si hablamos de OVNIS de chapa, tuercas y extraterrestres como tripulantes «obligados». Seamos sinceros con nosotros mismos: todo tiene un límite y hasta los superclásicos terminan por quemarse en la hoguera de la repetición.

Sin embargo, existen miradas que renuevan los conceptos que flotan en rededor de la fenomenología OVNI y me permiten ir un paso más allá, en el camino del conocimiento y eso, como mínimo, es bueno.

La semana pasada, por ejemplo, propuse un desafío: intentar comprender las posturas expuestas en un congreso de los años 90’s por Terence McKenna. El reconocido antropólogo, filósofo y escritor, proponía una serie de hipótesis desafiantes en el marco de su colaboración con el omnipresente (u ovnipresente) Jacques Vallée.

Terence McKenna
Terence McKenna

De hecho, tengo que reconocer que encontrar este tipo de reflexiones en McKenna me llevó al extremo muy poco periodístico de la emoción (parece que los OVNIs te persiguen sin importar a qué te dediques). Pero vamos, que al fin y al cabo somos seres humanos. Y, escuchar de su boca que la hipótesis de una «cuarentena establecida por una civilización extraterrestre para resguardarnos de la «verdad» le parece odiosa… bueno, digamos que lo encontré refrescante.

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Es casi una cuestión estadística: alguien, en algún momento, tiene que haber dado con el planeta Tierra, alguien nos debe haber visitado. Pero eso, siquiera la aparición de una patota de bichos verdes con antenas cantando que vienen «en son de paz», no alcanza para explicar todas las vertientes del fenómeno. Y por favor, nótese que al OVNI lo enmarco en la fenomenología y, a todo ese paquete de eventos como el «fenómeno».

Es cuando hablamos del fenómeno que tendríamos que mirarnos a nosotros mismos. Es algo que pienso y repienso y sobre lo que escribo hace tiempo. McKenna lo utiliza con maestría como cierre de su charla.

La realidad dicta que millones de personas denuncian (y han denunciado) experimentar algo extraño, casi estúpido dentro de los estándares de lo cotidiano. Si acaso el diez por ciento de esos casos fueran reales (en el sentido estricto de la palabra) estaríamos frente a un problema mayor: ya no podemos hablar de visitantes extraterrestres y ocasionales. Cuando los OVNIs te persiguen, tenemos que hablar de «algo» que comparte este mundo con nosotros y ha decidido manifestarse. Y si, siempre de la misma manera, lo que cambia es la percepción y el contexto del experimentador.

Me dirán entonces que hablo de «intraterrenos». Que hablo de demonios y ángeles. Pues no. Aunque sí que podríamos debatir (y lo haremos en los próximos días en este mismo medio) sobre las interpretaciones de estas historias de entes que viven bajo la tierra, o en el cielo/infierno (sea religioso o new age).

De lo que hablo es de esto mismo que propone Terence McKenna, lo mismo de lo que habla hace décadas Vallée, lo que buscamos rebanándonos la materia gris junto a mi amigo Juan Acevedo Peinado (que lleva años en eso, desde Mesa Verde) o lo que plantea mi otro gran amigo José Antonio Caravaca. Y me refiero a la existencia de una inteligencia (diría que omnipresente) que se manifiesta para dejar un mensaje. A veces en forma de OVNI, a veces de humanoide, de cóndor, colibrí e incluso mezclando conceptos entre las palabras de un niño.

Los más escépticos dirán que me estoy «limando», pero el reduccionismo empedernido falla al cerrarse las puertas al mundo «invisible»; tan humano como el de cualquier científico. Los más acérrimos creyentes (sobre todo de los extraterrestres) me acusarán de blasfemo por mezclar las escalerillas de metal y escafandras con lo sutil y amorfo del fenómeno en acción. Pero resulta que esta viene siendo la parte más rica, cuando los OVNIs te persiguen hasta debajo de la cama.

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Charles Fort decía que «si existe una conciencia universal, debe estar loca de remate». Por el contrario, más allá de los hombrecitos verdes (o grises, o velludos) y la aparente falta de lógica del fenómeno queda algo que algunos pocos han sabido ver y han utilizado para gestar religiones, cultos, sectas o erigirse en «elegidos» de algún tipo. Ese algo es el mensaje.

Un mensaje que solo es entendible si dejamos de lado la fenomenología y nos centramos en los efectos, las consecuencias sobre… nosotros mismos.

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